
Contra la subsunción real de lo existente y por la comunización de lo sagrado
No tenemos escape ya a las garras violentas del capitalismo y la modernidad. El dispositivo que se presenta como abstracción y subjetividad, que opera con consecuencias profundamente materiales, reorganiza el mundo vivo bajo la promesa del progreso. Todo entra en ese circuito. Los cuerpos son fuerza de trabajo, los bosques se perciben como minas de oro o campos en los que se puede invertir, los ríos se convierten en flujos que deben ser desviados y explotados. Lo que Marx nombró como subsunción real del capital hoy se extiende más allá del trabajo y alcanza la vida entera. Nuestros afectos, deseos, vínculos y la manera de percibir el mundo quedan inscritos en lógicas de acumulación. La libertad se traduce en datos medibles. La experiencia se desplaza hacia sistemas predictivos que median, cada vez más, la relación con lo real.
Aquí no estoy hablando de una posible crisis pasajera, es evidente que hay un desgaste más hondo y profundo, habitamos un mundo que ya no logra sostener la ficción que lo organiza. La expansión capitalista encuentra sus propios límites y, al no poder proyectarse hacia afuera, se repliega sobre lo que sea. El capital choca con las condiciones materiales que lo sostienen. Y esas condiciones también responden. El deshielo de nuestros glaciares, el aumento de la temperatura global, la desaparición de las especies, los límites terrestres siendo cruzados una y otra vez, todos estos acontecimientos no funcionan aquí como metáforas literarias sino como procesos tangibles en curso que alteran las bases mismas de la vida como la conocemos hasta ahora.
Y como es evidente, ante esos límites terrestres, la maquinaria del capital no se detiene si no que se intensifica. Incorpora nuevos territorios, no solo geográficos, sino también biológicos y cognitivos. Los genes se patentan, los saberes ancestrales se registran como propiedad, la memoria entra en circuitos de explotación. Incluso la capacidad de sentir es modulada, intervenida, registrada, patologizada y categorizada. No hay un exterior claro al capitalismo en este punto, lo que persiste fuera de las lógicas del capital es constantemente presionado hasta volverse funcional o desplazado fuera de lo visible.
Los espacios donde la vida circulaba sin intervención directa del mercado del capital se reducen cada vez más, aunque no desaparecen por completo. Lo común se fragmenta, lo compartido comienza a medirse para ponerle una tarifa. Este proceso evidentemente no elimina lo vivo, pero sí altera de forma decisiva las condiciones en que la que lo vivo puede sostenerse y definitivamente cambia el lugar que toma lo vivo dentro de nuestra percepción. Allí donde había un intercambio simbiótico, aparecen el registro y la deuda. Allí donde ha habido continuidad, se ha instalado y procurado la división.
La amputación ontológica de la modernidad
La modernidad no puede entenderse como un “avance” intelectual que abandona la idea de iluminación. La modernidad intensifica esa pulsión y la reconfigura. La promesa de una verdad única no desaparece, cambia de soporte. De la trascendencia teológica se desplaza hacia la objetividad medible. De la promesa del reino de los cielos hacia el sueño americano. Persiste la idea de acceso privilegiado -o ganado- a un plano superior, ahora formulado como conocimiento verificable, como conciencia elevada, como “capacidad” de acumular capital y propiedades. Esa continuidad reorganiza la experiencia. Aumenta y justifica las jerarquías, distribuye valor de manera desigual y orienta nuestras aspiraciones. Lo que nos venden como supuestas formas de emancipación muchas veces consolidan nuevas formas de captura.
En ese proceso, una separación ya existente se intensifica y se vuelve estructural. La distinción entre lo humano y el mundo vivo no nace con la modernidad, pero se profundiza, se estabiliza y se institucionaliza de formas más rígidas. A ese acontecimiento me gusta llamarle amputación ontológica y sensible. No se trata solo de una diferencia conceptual, sino de una reorganización de la experiencia sensible que altera la manera en que se percibe, se siente y se interpreta lo existente.
Esa transformación ha implicado una redistribución de lo que cuenta como real. Lo sagrado dejó de ser una dimensión extendida de la materia y quedó confinado a marcos institucionales religiosos que en la modernidad se consideran anticuados y conservadores. La magia como fenómeno real fue desplazada hacia el terreno de lo irracional. El misterio perdió su densidad política y se volvió un relato nostálgico que aparece en la literatura. La racionalidad instrumental no solo organizó técnicas o sistemas de producción, intervino en la sensibilidad misma. Operó como un cercamiento perceptual que limita la capacidad de relación con aquello que no encaja en sus categorías.
Esta amputación no ocurre -solo- de forma abstracta, tiene una historia concreta. Los procesos inquisitoriales no solo persiguieron cuerpos y prácticas individuales, intervinieron sobre formas de conocimiento. Prácticas que procuraban relaciones con plantas, con fuerzas atmosféricas, con entidades no humanas y con los muertos. Lo que estaba en juego no era únicamente el control religioso y político, sino la posibilidad de otros modos de entender y habitar el mundo.
El despojo colonial siguió esa misma lógica en otra escala. No se trató únicamente de una extracción de recursos. También implicó la apropiación y desarticulación de sistemas de conocimiento que no separaban lo humano de otras formas de vida. Esos saberes no han desaparecido, pero están siendo desplazados, subordinados, y capturados para mal-traducirlos a marcos que los vuelven funcionales a la lógica del capital.
Silvia Federici tenía razón sobre la caza de brujas: la persecución de mujeres que ocupaban roles de cuidado, sanación o transmisión de saberes hechiceros no fue un fenómeno aislado ni meramente moral. Formó parte de una reorganización social más amplia. Al intervenir sobre esos cuerpos, se intervenía también sobre prácticas que no podían integrarse fácilmente en la lógica emergente del capital. Lo que se desarticulaba no era solo un conjunto de creencias y prácticas, sino una forma de vida que sostenía otras relaciones con el conocimiento, con los cuerpos y con lo vivo.
Lo salvaje como persistencia material
Frente a esta necrodisciplina, insisto en la necesidad de re-pensar lo “salvaje” (es decir, lo pagano y místico) desde otro(s) lugar(es). Pensarlo como una potencia que permanece activa en la materia misma de lo vivo, incluso bajo estas condiciones de captura. Se manifiesta en pequeñas interrupciones de la normalidad perceptiva. Un temblor en el cuerpo al atravesar ciertos espacios que no precisamente podes explicar desde la racionalidad, como la intuición visceral de cuando algo no se siente bien.
Lo salvaje nombra esa dimensión que no termina de integrarse a los sistemas de equivalencia. Puede pensarse en relación con lo que Deleuze y Guattari describieron como líneas de fuga, no en un sentido abstracto, sino como movimientos concretos que desbordan los códigos que intentan fijarlos. No hay purezas en las fugas, solo hay fricción, insistencia y una necesidad de desvío. Lo vivo nunca se ha mantenido intacto.
Esa persistencia no responde a una voluntad consciente en términos humanos, pero tampoco podemos afirmar que no es una voluntad, a mí me gusta nombrarla como una resistencia material y mística a la totalización del capital. Allí donde todo tiende a volverse dato o cifra, algo se desplaza. Recuperar esa dimensión simbólica y ontológica implica una modificación en la forma de atención. No hablo aquí sobre “escapar” hacia otro mundo, sino de reaprender a registrar los mundos que ya coexisten aquí y que están ocurriendo aquí y ahora. Podemos intentar impedir que ciertas relaciones pasen de inmediato por la lógica de la utilidad y dejarlas solo ser. Reconocer que hay otras formas de conocimiento que no son las hegemónicas, y que con hegemónicas no solo me refiero al pensamiento occidental.
Lo que queda no aparece como algo que mantiene una forma fija y rígida. Se mantiene en fragmentos, en prácticas que sobreviven sin estabilizarse del todo porque siempre han existido en los márgenes. Saberes transmitidos de manera oral, prácticas que no se pueden entender fácilmente, relaciones que continúan sosteniéndose sin necesidad de alguna legitimación racional. Lo sagrado y lo místico no están esperando un momento para volver, siempre han estado, aunque no siempre sean reconocidos.
Lo sagrado como densidad afectiva de la materia
Desde una sensibilidad y perspectiva pagana, lo sagrado es algo que nunca ha estado separado de la materia, no es un plano superior y trascendente al que hay que ascender. Se percibe más bien cuando la materia deja de entenderse como fondo pasivo y empieza a verse como un ser con agencia y un interlocutor que escucha y responde. No es que de pronto las cosas “tengan” algo más, es que dejan de sostener esa ficción de inertes en la que aprendimos a colocarlas.
Hay momentos en que eso se vuelve evidente. El mundo no encaja realmente en las categorías que usamos para ordenarlo.
Kadmus en su hermoso texto Pagan Political Theology nombra ese desajuste como una insistencia en reducir lo múltiple a una sola forma válida, una sola lectura, una sola medida capaz de organizar lo que existe bajo un mismo régimen de inteligibilidad. Esa operación atraviesa distintas capas y no se restringe a lo religioso: se filtra en la ciencia cuando se cierra sobre sí misma como única forma legítima de conocer, en la economía cuando convierte la diferencia en equivalencia intercambiable, en la política cuando busca contener lo que no se deja reunir del todo. Lo que queda fuera de esa reducción no desaparece; persiste en formas que se repliegan, que se deforman, que permanecen en una ambigüedad difícil de estabilizar, a veces como sospecha, otras como algo que simplemente no logra ser nombrado sin perder parte de su consistencia.
En ese campo, lo sagrado no se deja absorber por la lógica instrumental del capital porque no se organiza desde un principio único ni se fija en una lectura cerrada. Su aparición ocurre en la relación, en lo que circula entre cuerpos, en lo que se transforma sin detenerse en una forma definitiva. Kadmus se detiene en el oráculo, el proverbio, la poesía, como modos de decir que no buscan clausurar el sentido sino intensificarlo, sostener múltiples direcciones simultáneamente sin reducirlas. Esa multiplicidad no responde a una falta de precisión, sino a una correspondencia con una realidad que no se deja contener en una sola línea interpretativa, donde el sentido no se estabiliza sino que se desplaza y se reconfigura con cada encuentro.
Desde ahí, lo sagrado y lo místico se dejan sentir como variaciones en la relación, como desplazamientos en la percepción que no apuntan a resolverse porque no operan bajo una lógica de cierre. Esa misma dinámica reconfigura la idea de vida: la actividad no depende de interioridad ni de la necesidad de reconocer rasgos humanos para otorgar valor. Hay respuesta, hay intervención, hay transformación situada en cada proceso donde algo incide sobre su entorno y altera sus condiciones. Un río que se desborda modifica territorios, un bosque que resiste interrumpe proyecciones extractivas, un animal que rehúsa la domesticación reorganiza el campo en el que se inscribe. La acción no se concentra en un sujeto central, sino que se distribuye en el entramado de relaciones que la hacen posible.
Esa densidad vuelve al mundo más difícil de abstraer y de administrar. En ese sentido, lo sagrado puede entenderse como la agencia de aquello que fue reducido a objeto y como la intensidad afectiva que atraviesa cada ensamblaje. No remite a una esencia separada, sino a la imposibilidad de trazar divisiones completas entre naturaleza y cultura, sujeto y objeto, hecho y valor, una imposibilidad que no requiere resolución porque constituye el terreno mismo en el que se despliegan las prácticas. En esa condición, la politicidad no se limita a lo humano, sino que se extiende a la persistencia de lo vivo en sus múltiples formas, a la manera en que cada proceso material sostiene su continuidad frente a los dispositivos que intentan capturarlo.
Lo místico adquiere relevancia en ese punto, no como sistema ni como creencia, sino como una sensibilidad que emerge cuando el mundo deja de percibirse como recurso disponible. Aparece cuando algo responde desde su propia forma, cuando la relación deja de organizarse desde la apropiación y se abre a una percepción donde las otras formas de vida nunca estuvieron vacías de agencia, y donde la participación en ese entramado implica siempre un grado de implicación que excede cualquier intento de cierre definitivo.
Lo anárquico como arquitectura del Cosmos
Lo anárquico se puede leer no -solo- como ideología humana proyectada sobre el mundo, sino como fuerza vital que precede y excede cualquier organización estatal-institucional. Lo anárquico no es caos y tampoco es solo una postura política más, sino se lee como el orden vivo y fractalizado de los ecosistemas, donde ninguna raíz gobierna sobre otra y ninguna entidad reclama un centro absoluto. Ese orden no permanece idéntico a sí mismo, se desplaza, se recompone, se reorganiza sin fijarse en una forma definitiva. Las configuraciones aparecen, se sostienen un tiempo, luego se abren, se mezclan con otras, se desdibujan. Nada termina de cerrarse.
La anarquía es un nombre más para nombrar una intuición material compartida por bosques, redes miceliares, manadas y tormentas, más antigua que nuestra misma especie. Es la arquitectura donde la vida se sostiene por reciprocidad, por simbiogénesis y mutualismo, nunca por obediencia jerárquica o selección natural. Kropotkin lo intuyó en su Apoyo mutuo: la cooperación, y no la competencia, es el principio organizador de lo vivo. Esa cooperación no ocurre entre unidades completamente delimitadas, sino en un campo donde los límites se vuelven porosos, donde lo que se entiende como individuo aparece atravesado por múltiples relaciones que lo componen y lo transforman continuamente. La vida se sostiene en ese entrelazamiento, en ese tránsito constante donde lo propio nunca permanece completamente separado de lo que lo rodea.
Más aún, la anarquía es un rechazo ontológico a toda trascendencia que pretenda gobernar desde fuera. Es afirmación de la inmanencia radical, del autogobierno de cada capa de la vida, de cada territorio. Es la política de lo múltiple contra el Uno del Estado, del mercado, del dios monoteísta que legitima reyes y patrones. Desde esta perspectiva, ningún cuerpo permanece completamente contenido en sí mismo, ninguna forma se mantiene intacta, ninguna identidad se sostiene sin transformación. Hay una apertura constante donde lo vivo se deja afectar, se deja atravesar, se reconfigura en tanto entra en contacto con otras fuerzas. Lo anárquico también nombra esa condición: la materia no se somete a una forma final, si no que insiste en variar, en desplazarse y en sostenerse en esos movimientos que nunca se clausuran del todo.
Paganismo como memoria insurgente
El paganismo contemporáneo que queremos proponer aquí no es un revival espiritista New Age ni una moda estética. Es un atavismo profundo, una memoria antigua que se filtra a través de la piel, que despierta desde capas enterradas de la experiencia humana y más que humana. No es un retorno folclórico: es una resonancia que se activa cuando el cuerpo recuerda que alguna vez supo escuchar ríos, interpretar el vuelo de las aves, leer presencias en la noche, conversar con plantas sin necesidad de palabras.
Paganismo y anarquismo, cuando se cartografían en un nivel ontológico, muestran raíces comunes. Son ramas de un mismo rizoma sensible, intuitivo y terrestre que ha acompañado nuestra existencia desde antes del lenguaje articulado y muchísimo antes del Estado. Son formas de vida que entienden la relación como principio organizador, que no necesitan mediación clerical ni aparato institucional para reconocer lo sagrado, que saben que el mundo está poblado de inteligencias plurales y no de objetos inertes sin agencia.
El paganismo reaparece como una forma de desobediencia ontológica: desafía el monopolio moderno de la razón, desarma la separación colonial entre naturaleza y cultura, recuerda que el mundo nunca fue uno solo, sino un coro de diversas fuerzas relacionándose. Es una insurgencia que no busca centros ni dogmas, sino la activación de vínculos, la apertura de canales que fueron clausurados por los golpes de la modernidad. Es una memoria que vuelve no para restaurar un pasado idealizado, sino para reactivar modos de percepción que pueden sostener un futuro distinto.
Anarcomisticismo: la revolución sensorial
La convergencia de estas potencias: la intuición pagana y la arquitectura anárquica del mundo produce un anarcomisticismo. Un cruce donde la anarquía, entendida como el rechazo radical a toda autoridad externa y jerarquía, se encuentra con la mística, entendida como la apertura sensorial hacia las múltiples agencias del mundo. No son caminos separados, son una sola corriente que atraviesa el cuerpo, la tierra y las relaciones que nos conforman.
Lo sagrado y místico no pertenecen a ninguna institución. No están confinado en templos ni administrados por representantes. Viven en el temblor que antecede a la palabra, en la textura de una presencia que se siente antes de comprenderse. Lo político deja de ser únicamente gestión o representación para convertirse en vibración, en gesto de cuidado, en la práctica cotidiana de no dejarse capturar por los aparatos que intentan domesticar la vida.
El anarcomisticismo entiende que cada fuga, cada acto de cuidado, cada comunión con lo vivo es un acto político y espiritual al mismo tiempo. No busca la pureza ni el aislamiento ni la trascendencia, sino la expansión de la percepción, la intensificación de la sensibilidad como arma y como refugio. Es una revolución sensorial porque reconoce que transformar los modos de sentir es transformar los modos de habitar y por ende, los modos de resistir.
La mística no es una escapatoria, es una insistencia. Y la anarquía no es solo rechazo a al Imperio sino apertura. Juntas se vuelven una política que no opera desde arriba, sino desde dentro y desde abajo, en los ritmos del cuerpo-territorio.
Comunización multiespecie contra el colapso
La crisis no viene, ya está aquí. Estamos en un duelo a muerte contra el Imperio. La crisis se hace presente en el aire que cuesta respirar, en los cuerpos de agua y selvas víctimas de ecocidios. La sexta extinción masiva no es una cifra abstracta, es el silencio donde antes había canto de pájaros. Es la guerra por el agua, el genocidio normalizado, la devastación convertida en un paisaje cotidiano.
Y sin embargo, en medio del colapso -algo- insiste. Algo se niega a morir.
La comunización multiespecie no es solo una metáfora poética, y tampoco es idealismo new age que quiere vender remedios inmediatos. Es una práctica material y urgente: aprender a vivir de nuevo en reciprocidad con lo no humano. Es reconocer que nuestra supervivencia está entrelazada con la del bosque, el río, los insectos, la red micelial de los hongos. No por sentimentalismo, sino porque literalmente respiramos lo que los árboles exhalan, bebemos lo que la tierra filtra, existimos dentro de tramas de interdependencia que la modernidad nos ha enseñado a ignorar.
Comunizar es devolver. Es desposeer al poseedor y restituir los comunes, pero ya no solo como espacios humanos, sino como territorios compartidos donde otras voluntades también deciden. Es preguntar al territorio antes de tomar, y ofrendar de vuelta. Es entender que el conocimiento sobre plantas medicinales no se puede patentar porque nunca fue “nuestro” en primer lugar, sino que ha sido el resultado de miles de años de conversaciones interspecie.
Hay comunidades que ya lo hacen desde hace siglos. En territorios mesoamericanos, en la Amazonía, en las periferias urbanas donde se recuperan terrenos baldíos, hay gente plantando no solo para comer, sino para restituir, creando jardines que alimentan abejas, pájaros y al suelo. Hay quienes defienden territorios no como propiedad, sino como parentesco. “El agua es nuestra madre”, dicen, y no es solo poesía, es ontología política. Es poética que piensa y política que canta.
Estas prácticas no contienen por sí solas la magnitud del colapso, pero abren una dirección distinta. Son grietas vivas donde otra forma de mundo empieza a respirar.
Heterotopías paganas: gérmenes del mundo por venir
Mientras el Imperio colapsa, en sus márgenes se fermentan otros mundos. Foucault las llamó heterotopías: espacios reales que contradicen el orden dominante, lugares que existen en esta geografía pero no obedecen su lógica. No son utopías abstractas. Están aquí. Se pueden tocar, visitar, habitar y sentir.
Pienso en las mujeres que recolectamos plantas en los terrenos baldíos detrás de las fábricas y preparamos tinturas, pomadas y jarabes que regalamos o intercambiamos. Cada remedio hecho con nuestras manos y con las potencias herbales es un desvío del metabolismo capitalista, un hilo de continuidad con saberes que sobrevivieron a las hogueras y colonizaciones. Pienso en los rituales que se encienden en los cementerios urbanos, donde hechiceros y brujas hacen fuego, llaman a presencias que la religión oficial no puede nombrar y entierran sus peticiones ante los muertos.
Pienso también en las tecnologías conviviales: herramientas que no esclavizan ni devastan. Un horno de barro construido colectivamente. Una radio comunitaria que transmite sin permiso. Software libre compartido como semilla. Cada una es una célula de otro metabolismo posible, algo que no se sostiene en la extracción sino en el cuidado, algo que se construye para permanecer, no para dominar.
Y pienso en la defensa del territorio. Cuando una comunidad se planta frente a la minera, la hidroeléctrica, al proyecto inmobiliario, no solo pronuncia un “no al extractivismo”. Afirma otra forma de habitar. Y en ese campamento, en esa cocina común, en esa asamblea bajo los árboles, se practica ya ese otro mundo: nadie manda solo, se decide con la voz de todas, se reparte el miedo, la frustración y la alegría. Es prefiguración, no solo resistencia.
Lo que a primera vista parece marginal o anecdótico es en realidad el tejido embrionario de otras formas de vida. Son heterotopías no solo espaciales, sino sensoriales y ontológicas. Lugares donde la pluralidad de mundos que la modernidad quiso homogeneizar vuelven a florecer. Donde el tiempo no es lineal ni corre con obediencia a la productividad, donde lo vivo no es recurso sino interlocutor, donde la economía de la escasez cede ante la abundancia que emerge cuando la vida se reconoce mutua.
A todas estas prácticas las llamo paganas porque desobedecen esa separación moderna entre lo sagrado y lo material. Recuperan una sensibilidad que es a la vez premoderna y postcapitalista, donde lo sagrado pertenece al común, no a la institución. No son refugios estéticos. Son laboratorios insurgentes. En ellos se ensaya la política que vendrá, se guardan las brasas del mundo por venir, se sostienen las semillas de lo que quizás no necesita un nombre.
Estas heterotopías son frágiles, sí. Pueden ser reprimidas, cooptadas o romantizadas hasta desactivarlas y volverlas inofensivas. Pero también se multiplican. Se contagian por relatos, por encuentros, por esa vibración en el pecho cuando descubres que hay otros viviendo distinto y que funciona. Son gérmenes. Y los gérmenes, cuando encuentran condiciones, se vuelven epidemia.
La insurrección que viene: apocalipsis y revelación
La revolución que se aproxima no se parecerá a las que nos enseñaron en los textos de historia. No habrá un solo día señalado para tomar un palacio ni un amanecer donde todo cambie de golpe. Ese sueño ilustrado ya mostró sus límites. Lo que viene es otra cosa, más visceral, más dispersa, más lenta, más cercana al murmullo de la tierra que a las consignas de un comité central.
Será un levantamiento capilar, íntimo y planetario, que nace tanto en el cuerpo como en la barricada, tanto en el mundo onírico como en la huelga. Una red de revueltas sensoriales: recuperar la capacidad de oler el peligro, de escuchar lo que el viento trae, de sentir la presencia de lo invisible. Cómo despertar sentidos que fueron adormecidos para que obedeciéramos sin dudar.
Me gusta imaginar un horizonte en el que, en cientos de ciudades, la gente deja de obedecer ciertos mandatos. Algo se encendió adentro, algo se recordó. Dejan de comprar lo innecesario. Transforman terrenos abandonados en jardines comunales. Comparten herramientas, medicinas, saberes que estaban marginalizados y negados por el cientificismo. Dudan de cualquier discurso oficial. Prenden rituales en plazas, no para suplicar a un dios institucional, sino para convocar fuerzas que el poder oficial ni siquiera reconoce como reales.
Sueño en un caos fértil, una apertura donde la vida se fractaliza en múltiples escalas y temporalidades. Una espiral que se despliega, repitiéndose sin repetirse exactamente, como las ramas, los ríos, los patrones del viento. Lo que viene se expandirá por resonancia, por contagio, por ritmos que obedecen a otra forma de inteligencia, más cercana al bosque que al Estado.
Esta insurrección será apocalíptica en el sentido más antiguo de la palabra. Apocalipsis viene del griego apokalypsis, que significa quitar el velo, revelar lo que siempre estuvo allí. No es destrucción, es revelación. Es la caída de un mundo que se muestra como ficción sostenida por violencia, y la irrupción de algo que aún no tiene nombre pero ya palpita en el cuerpo. Veremos los vínculos que nunca murieron, los mundos que nunca dejaron de acompañarnos, aunque fueran invisibles para la mirada moderna.
Hay raíces que siempre han resistido al asfalto en muchos territorios. En comunidades que resisten en Chiapas, en tierras mesoamericanas donde las y los defensores del territorio guardan el pulso de la vida, en huertos urbanos que florecen en medio del concreto, en fogones colectivos donde se aprende a decidir sin jefes. No solo son modelos que deban copiarse. Son señales. Pruebas vivas de que es posible habitar otra forma de mundo.
Y cuando una sola prueba existe, aunque sea pequeña o frágil, aunque dure un instante, algo cambia para siempre en quienes la presencian.
La insurrección que viene no pide permiso. Ya comenzó.
La pregunta es si tenemos los sentidos lo suficientemente abiertos para percibirla y el coraje para entrar en su corriente.
Invocación final
Y en esa grieta, en ese temblor, se abre este manifiesto. Como un altar encendido entre ruinas. Como un pacto no solo entre humanos, sino con las presencias, daimones e inteligencias que habitan el Mundo, con los muertos que nos preceden y los seres por venir.