Categoría: Uncategorized

Ida Wells

  • Hacia una ecología poética de las relaciones

    Hacia una ecología poética de las relaciones

    «Cada quien sabía exactamente el momento y el sitio de la pera y la granada,

    puesto que espacio y tiempo formaban una unidad que transcurría de acuerdo al orden de las cosas.

    Ninguna de ambas frutas era contradictoria, por ejemplo, con el viento del norte,

    si se atendía la hora, el lugar y el trayecto. 

    De ahí que pudiera afirmarse que todos los vientos conducen a la felicidad

    y que la sabiduría reside en nunca contrariar el mecanismo del mundo.»

    MARIO PAYERAS







    A los humanos nos encanta la idea de los inicios, esa energía marcial del inicio de algo nuevo, de la primavera, el Alfa y el Omega, y quisiera decir que no sé si tendría sentido decir que -esto- tuvo algún inicio. Cada vez que pienso sobre -el orígen de las cosas- lo que encuentro no es un punto único de origen, sino un hilaje de (re)apariciones intermitentes. Hay ciertas intuiciones que me han circulado desde hace muchos años, se alejan en su órbita elíptica y espiralada y cuando vuelven a mí lo hacen con otra densidad. Cada nueva vuelta a la espiral me muestra una dimensión y escala distintas que no había sabido ver antes. Pienso en la naturaleza de las placas tectónicas, en sus presiones prolongadas y sus desplazamientos apenas perceptibles, en cómo lentamente frotan sus bordes y van liberando energía acumulada en siglos de silencio tectónico. Algún cambio así he experimentado en mis sentipensares y en la manera en la que elijo relacionarme con el mundo. Las transformaciones profundas tienen una temporalidad saturnina, lenta y densa como un vacío oscuro que permea todo, que no tiene ni inicio ni fin. Estas reflexiones han ido reapareciendo cada cierto tiempo y al volver instalan una nostalgia de texturas ambivalentes, placentera e incómoda al mismo tiempo, y me recuerdan que las cosas siempre son más grandes de lo que había sabido ver.

    En estos movimientos se ha vuelto inevitable reflexionar sobre la «aparición» de fuerzas que mi cuerpo y mi espíritu reconocen como antiguas, fuerzas que definitivamente me exceden. Desde su llegada a mi campo de percepción, me ha surgido una pulsión que insiste en dejar de percibir el tiempo como línea recta. El tiempo mismo me lo ha ido mostrando, porque el tiempo escucha y responde, se abre y se ramifica cuando le prestas atención. Es como si el pasado y el futuro tuvieran raíces entrelazadas justo debajo de lo que alcanzo a ver y a sentir, y lo que llamo «ahora» es apenas la superficie donde esas raíces respiran.

    Algo en la forma en que percibo ha ido mudando de piel. Ciertas presencias que antes pasaban desapercibidas comenzaron a insistir en hacerse perceptibles con una terquedad que se ha vuelto difícil de ignorar. Mi sensibilidad se ha vuelto incómodamente más porosa, más dispuesta a ser atravesada. Esta porosidad trae consigo una nece(si)dad de trazar y seguir los rastros de lo que está cambiando en lo que sentipienso, y en la manera que elijo habitar-percibir este mundo.

    Este texto es un intento de esa cartografía, un mapa dibujado con la mano izquierda, en la oscuridad, con apenas la luz parpadeante de una vela-ofrenda, sabiendo que no hay propósito más que este mismo proceso de especulación.

    El tiempo se me abre como una encrucijada donde todo converge y se devora. Kronos, ese titán antiguo, denso, frío y lento, Saturno el devorador de sus propios hijos, se me presenta como un agente consciente que no solo contiene el pasado, el presente y el futuro sino que digiere todas las líneas temporales, y las fermenta para transformarlas en otra cosa. En esa textura densa y oscura la historia pierde su representación lineal y se empieza a curvear sobre sí misma, a plegarse hacia adentro como un estómago cósmico que trabaja en la oscuridad.

    Lo que llamamos actualidad es apenas lo que Kronos todavía no ha terminado de digerir.

    Los cuerpos siempre han sabido orientarse por lo que no se ve.

    Los viajes de las tortugas marinas desbordan toda idea de ruta fija. Durante años cruzan océanos abiertos y aun así siempre regresan a la playa donde nacieron. Algo en sus cuerpos escucha fuerzas invisibles: el pulso magnético de la Tierra que atraviesa mares y continentes como una respiración larga y tendida. Orientarse es resonar con ese respiro pulsante, afinarse con una cartografía que la materia misma lleva inscrita en sus tejidos. Antes de reconocerse como pensamiento, ese conocimiento ya habitaba en el cuerpo. Su curso se espiraliza hacia adentro y fuera de sí. En sus ondulaciones arcaicas se abren grietas por donde se asoman otras formas de mundo, y el espacio mismo se vuelve una topografía movediza donde el sentido de las cosas deriva como continente.

    Este proceso que estoy atravesando se despliega en múltiples registros simultáneos: ecosistemas enteros se transforman con una velocidad que altera los equilibrios ya conocidos. Glaciares, selvas, océanos manifiestan variaciones que repercuten en todas las escalas de la vida, desde la célula más íntima hasta el viento custodiado por Egyn, el rey cardinal del Norte. Al mismo tiempo, los relatos mediante los cuales he sido enseñada a interpretar la realidad comienzan a mostrar sus fracturas. Las separaciones conceptuales entre mente y materia, entre naturaleza y cultura, entre sujeto y entorno revelan su carácter histórico y situado, su condición de artefactos frágiles. Los dispositivos intelectuales que durante siglos organizaron el pensamiento se quedan vacíos frente a la complejidad de los sistemas vivos que nunca esperaron a ser comprendidos para continuar con su enverdecedora danza. Lo que se reconfigura toca el suelo mismo desde donde se construye mi percepción, altera la fisiología del sentir como si mi cuerpo fuera también un sismógrafo.

    El cosmos que durante siglos fue interpretado como un conjunto de objetos discretos, fríos y separados se me comienza a aparecer como una red dinámica de procesos en interacción continua. La realidad se me revela como una trama en permanente metamorfosis, un tejido que se rehace a sí mismo en cada momento. En esa textura, no hay borde que no tiemble, ni límite que no sea poroso. Y cuando el límite es permeable, toda percibida frontera se vuelve un fenómeno de encuentro.

    El proyecto civilizatorio que acompañó la expansión colonial se organizó alrededor de una concepción de la materia concebida como pasiva y disponible, como una arcilla cruda esperando la mano del amo. Sobre esa base ontológica se trazaron fronteras, se clasificaron territorios, se jerarquizaron saberes y se construyeron tecnologías destinadas a extraer, medir y administrar la vida. Ese marco conceptual todavía atraviesa nuestras instituciones y lenguajes, y su persistencia se vuelve visible en las texturas asfaltadas del dominio racional instrumental que insiste en ver la Tierra como recurso y los cuerpos como monedas de cambio. El aliento fúnebre del capital infiltra hábitos perceptivos, normaliza el cálculo como si fuera visión, moldea los cuerpos y sus sentires.

    Pero en distintos campos del conocimiento y de la experiencia cotidiana se perciben tensiones que recorren esa arquitectura intelectual, grietas por donde se filtra la luz de lo que siempre ha estado vivo, grietas donde el lenguaje pierde su tono de decreto y recupera su condición de órgano.

    La racionalidad instrumental encuentra dificultades para interpretar fenómenos donde múltiples procesos interactúan simultáneamente, donde la causa y el efecto se enrollan en espirales que desafían toda flecha recta del tiempo. Sistemas climáticos, redes ecológicas, dinámicas evolutivas y circuitos bioquímicos revelan configuraciones donde ninguna entidad puede comprenderse de forma aislada, donde cada ser porta en sí mismo las huellas de innumerables alianzas. Cada organismo aparece inscrito en redes metabólicas que conectan bacterias, hongos, plantas, animales y atmósferas en flujos continuos de energía y materia, en una liturgia química que antecede a todos los dioses conocidos.

    Conceptos y símbolos que parecían sólidos comienzan a derretirse como bloques de hielo en un río de primavera. Las unidades de medida muestran su carácter provisional, su condición de acuerdos temporales entre seres que también cambian. Incluso las categorías que definían lo vivo y lo inerte adquieren nuevas tonalidades cuando se examinan los intercambios que atraviesan la biosfera, ese diálogo ininterrumpido donde el mundo se compone sin cesar.

    En medio de este movimiento aparece un terreno fértil de indeterminación. La descomposición de ciertas certezas abre espacios donde otras formas de comprender la existencia pueden comenzar a tomar forma, como esporas micélicas que esperan la humedad exacta para germinar. Aquello que parecía ruina revela su carácter de estrato generativo. Bajo los escombros conceptuales de una ontología mecanicista continúan vibrando procesos vitales que nunca dejaron de entrelazar materia, percepción y sensibilidad.

    La intención aquí es desarmar el sortilegio.

    Rasgar el velo tecnocrático que convirtió la vida en inventario y el mundo en recurso, devolverle a la materia su espesor de presencia consciente, su capacidad de afectar y de responder. Y en ese desarme la mirada se afina, el oído se afina, el cuerpo entero aprende a leer en otra frecuencia. La cartografía cambia porque cambia el instrumento, cambia el tipo de atención, cambia la frecuencia con la que sentimos al mundo.

    Mares agitados que modifican sus corrientes, glaciares que se fragmentan en avalanchas de hielo, bosques atravesados por incendios provocados por nosotros y migraciones de especies que reorganizan ecosistemas enteros. Estos fenómenos pueden representarse mediante gráficos distantes, pero también pueden sentirse como presiones atmosféricas que atraviesan el cuerpo colectivo de la Tierra, dolores que piden ser sentidos antes de ser explicados. Piden ser leídos como la Pitia leía los vapores que subían de las grietas de Delfos, con el cuerpo, con los tejidos, con la escucha atávica que reconoce su propia voz en el gemido de la Tierra, en el susurro del viento cargado de polen, ceniza y memoria vegetal, reconociéndonos parte del relato palpitante de un cosmos vivo.

    Cuerpo, territorio y lenguaje participan de una misma textura. Cada emoción y cada forma de conocimiento se inscriben en circuitos de afectación que conectan escalas microscópicas y planetarias. La existencia aparece como enjambre de presencias en coemergencia, una sinfonía de partículas que respiran juntas, una conversación que precede a la voluntad humana.

    Conocer es tocar con las manos.

    Pensar es respirar con los pulmones del bosque, sentir la fotosíntesis como acto de pensamiento expandido. Existir es tejerse y destejerse en la gran urdimbre de lo vivo: un campo electromagnético de afectos, señales y resonancias. Como filamentos miceliales que comunican en el subsuelo, cada ser participa de una conversación que se extiende más allá del lenguaje humano.

    Danzar en el corazón vibrante del enigma, allí donde el lenguaje se hace raíz, donde cada sílaba late como semilla en el vientre oscuro de lo posible.

    Esa danza tiene consecuencias éticas. Propone una forma de poner nuestra atención en aquello que nos sostiene, hacia aquello que nos excede y aun así nos atraviesa. Una forma de estar poseída por lo vivo que no busca dominar, sino afinar la percepción para habitar las múltiples escalas del Mundo: desde los ritmos circadianos de una célula hasta las mareas lunares del deseo, desde los pliegues del sistema nervioso hasta las oscilaciones cuánticas de lo posible. En esa escala múltiple, la vida deja de verse como recurso y vuelve a ser relación. El cuidado se vuelve pacto y el pensamiento, una membrana permeable.

    Un tejido dinámico donde límites porosos, intercambios permanentes, resonancias múltiples y memorias culturales configuran un mundo que se rehace constantemente. Este texto pretende operar como un órgano sensitivo. Un alineamiento sutil del k’u’x, de las fuerzas invisibles que mueven los cuatro vientos, las mareas y los campos eléctricos del alma-cosmos.

    Una ciencia danzante. Una física de lo sensible. Una mística de lo encarnado.

    Por eso importa cuidar la forma del decir. No se pretende proponer aquí una nueva ontología en forma de mapa terminado, sino una rendija por donde se cuelan otros Vientos. Una apertura hacia la inestabilidad creadora de un Mundo que no se deja fijar. Una invitación a habitar el misterio sin clasificarlo, a escuchar el crujido del temblor sin traducirlo de inmediato en dato, a sostener una percepción capaz de quedarse con lo vivo el tiempo suficiente para escuchar su respuesta.

    Este ensayo se despliega como un hilaje de voces, como un canto coral bajo el agua, y en esa coralidad se deja ir la arrogancia que quiso separar el pensamiento del mundo, que quiso reservar la inteligencia para una sola especie, que quiso reducir el valor a lo puro y lo controlable. La visión que se abre aquí respira como una mística del Mundo: un cosmos de vínculos y potencias afectivas, donde los árboles se cuentan secretos en intercambios químicos y miceliales, donde los cuerpos guardan memorias antiguas en tejidos y cicatrices, donde lo monstruoso aparece como posibilidad, como forma liminal que recuerda la amplitud de lo real y su capacidad de exceder cualquier clasificación.

    Esta es una invocación, un manifiesto de política encantada. Una práctica de comunión con lo que respira más allá de lo humano, una manera de mirar el mundo en clave de la presencia que puedes ver en tu espejo de obsidiana en una sesión de adivinación, un oráculo viviente. La atención se ejercita en la lengua del río y del viento, en la humedad del suelo, en la lentitud mineral y en la respiración vegetal. El conocimiento se vuelve roce, el sentido se vuelve una estrella fija, el cuidado se vuelve un ofrenda, y en ese camino el pensamiento abandona la pretensión de dominio para recuperar su condición de gesto situado, de una de las tantas respuestas que existen.

    Nada de esto nace de la nada. Cada palabra aquí es algún tipo de herencia que canta: relatos que han migrado de generación en generación, sílabas que han sido agua y ahora son carne. El saber circula como río, se dispersa, se mezcla con otras aguas, se convierte en espuma o en piedra, y en esa circulación también cambia de nombre y de temperatura. Aquí se reencarna lo dicho y se siembra lo que está por venir, como si la lengua misma fuera terreno donde germinan memorias colectivas, donde lo pensado es compost para nuevas formas de percepción.

    Estas páginas abren una invitación al descenso: internarse en una red subterránea que busca fragmentar las estructuras rígidas y elegir ser raíces vivas, sentipensantes, respirando bajo nuestros pasos. El movimiento que se ensaya aquí se parece al retorno de una percepción que nunca desapareció, solo fue entrenada para callar. Lo sagrado no desciende desde un arriba, germina en todos esos gestos minúsculos: en cómo tocamos, en qué decidimos escuchar, en cómo dejamos que el mundo nos lea también a nosotras de vuelta. En la escala del cuerpo, en la escala del territorio, en la escala del átomo, en la escala del tiempo, el vínculo toma forma como ciencia situada, como afecto con densidad, como responsabilidad sin moral ni dogma.

    Iniciamos con el cuerpo. Iniciamos con una pregunta que arde suavemente, como fogata en la quietud nocturna:

    ¿Qué implicaría vivir sabiendo que el mundo que habitamos está vivo, atento a nuestras voces, reflexionando junto a nosotros y esperando, con paciencia infinita, nuestra respuesta?


    Introducción a un libro-en-proceso que empecé a escribir a finales de 2024 y aún sigue sin concluir.

  • Letanía Necromante

    El que guía las almas de los Muertos, guíanos.

    Reina de las Encrucijadas, fortalécenos.

    Rey de los Muertos, abre las puertas.

    Hécate, Guardiana de las Llaves, ilumina nuestro camino.

    Hermes Chthonios, Mensajero de las Almas, condúcenos a través del velo.

    Hades, Señor de las Sombras, concédenos tu sabiduría.

    Circe, Maestra de la Magia, enséñanos tus artes.

    Medea, Hechicera de Cólquide, concédenos tu astucia.

    Odiseo, quien habló con los muertos, guíanos.

    Tiresias, Profeta del Inframundo, concédenos visión.

    Éaco, Juez de los Muertos, protégenos.

    Heracles, quien conquistó el Hades, danos fuerza.

    Orfeo, quien encantó a los muertos con su canto, concédenos voz.

    San Cipriano, Mago y Mártir, intercede por nosotros.

    Jake Stratton-Kent, Erudito de los Muertos, inspíranos.

    Ericthón, Temida Hechicera, enséñanos a no temer.

    Sibila Eritrea, pronuncia tus oráculos.

    Sibila Samia, susurra tus verdades.

    Sibila Cimeria, muéstranos los caminos ocultos.

    Sibila Helespóntica, desvela los misterios.

    Sibila Líbica, guía nuestras palabras.

    Sibila Délfica, bendice nuestras visiones.

    Sibila Cumana, condúcenos a las profundidades.

    Sibila Tiburtina, concédenos sabiduría.

    Er de Panfilia, quien regresó de la muerte, sé nuestro testigo.

    Los Dáctilos, espíritus del arte, forjen nuestras herramientas.

    Cosingas, Maestro de los Vientos, dirige nuestro aliento.

    Ábaris el Hiperbóreo, quien voló más allá, revela lo oculto.

    Zalmoxis, Señor del Renacimiento, muéstranos la transformación.

    Aristeas, quien caminó entre mundos, enséñanos el movimiento.

    Jasón, buscador de sueños dorados, guíanos hacia adelante.

    Empédocles, quien pasó al fuego, muéstranos el sendero de la ascensión.

    Paracelso, maestro de los secretos, revela los misterios.

    Agrippa, quien convocó a los espíritus, concédenos tu conocimiento.

    Aleister Crowley, Profeta del Umbral, enséñanos la voluntad que atraviesa el abismo.

    Sé misericordiosa, Hécate, perdónanos.

    Sé misericordioso, Hermes, guíanos.

    Sé misericordioso, Hades, recíbenos.

    De la ceguera del espíritu, líbranos.

    Del miedo a la muerte, líbranos.

    Del olvido de nuestros ancestros, líbranos.

    De las cadenas de la ignorancia, líbranos.

    Del silencio de los nombres no pronunciados, líbranos.

    A través de la oscuridad de la Luna Nueva, condúcenos.

    A través de la apertura de los Cruces de Caminos, guíanos.

    A través de las llamas de la purificación, fortalécenos.

    A través de la sabiduría de la tumba, ilumínanos.

    A través de los susurros de los muertos, instrúyenos.

    Para que podamos ver el camino, te suplicamos, escúchanos.

    Para que podamos caminar con poder, te suplicamos, escúchanos.

    Para que podamos invocar la verdad, te suplicamos, escúchanos.

    Para que podamos honrar a quienes vinieron antes, te suplicamos, escúchanos.

    Hécate, escúchanos.

    Hermes, guíanos.

    Hades, ampáranos.

    Por el poder de los Muertos, la sabiduría de las Sombras y la luz del Inframundo, que así sea.



    versión propia de la oración de los mártires escrito por huelgahumana como herramienta ritualística en una operación magicae importante en abril del 2025

  • à trop réclamer les vers

    Quizás el cuándo ha sido la condena, posiblemente han faltado cómos y porqués.

    ¿Esclava del tiempo y sus expectativas?

    ¿Es ésta una de las razones por las cuales el otro lado es tan reconfortante?

    ¿Podré algún día verme sin el filtro de moneda de cambio? ¿Podrá algún día dejar de desgarrarme la consciencia de mi posición y contradicciones?

    ¿Lograremos conocer y reconstruir el sentir?

    ¿Puedo genuinamente confiar en mis entrañas, siendo éstas moldeadas por la peste?

    ¿Hay alguna coherencia en proclamarme sin dios y sin amo cuando me atraviezan todas éstas anclas?

    Cada vez hay menos qué decir pero mis ganas de gritar me desbordan con el pasar de los días. Por momentos cuesta respirar.

    No quiero ser moneda de cambio.
    No quiero ser moneda de cambio.
    No quiero ser moneda de cambio. 
    Mi cuerpo no es moneda de cambio.
    Mi cuerpo no es tu descanso.

    La rabia que crece dentro de cada una de nosotras se volcará y todo arderá en llamas, no habrá vuelta atrás. Y será por todas, por todas las que fueron, por todas las que pudieron ser y no fueron, por todas las que nos faltan y sentimos latir en el pecho.

    Nuestra canción de cuna se vuelve pues, el sonido crujiente de las ascuas del capital y sus verdugos, escupimos sus cenizas. 

    En vísperas de luna llena desangramos la memoria. El fulgor del dolor nos vuelve caminantes de la noche, combativas, exhaustas, hartas, seguiremos caminando hasta tomar el verdugo por el cuello.

    La horda está cerca.



    Escrito un marzo extraño de 2021.

  • Abbumi

     ¿Cómo arrullar el duelo de lo etéreo? ¿Cómo nombrar ese duelo de algo que no termina? No termina, no comienza. Se transforma.
    La transmutación, la alquimia de los afectos, de los cuerpos.

    Las mudanzas son incómodas. 

    Somos el resultado de una historia que acomoda todo en cajas, pero éste arrollo dejó ir las cajas hace un tiempo.

    Las corrientes fluyen, pero también arrastran y nos golpeamos contra las piedras. Las piedras erosionadas se acomodan pero no se mantienen, ellas saben cuándo moverse, el agua les anunció el secreto.

    ¿Me hallaré al aceptar la mutabilidad del agua? 

    Ella es cálida pero un puñal contra el metal más denso. Ella sana pero también congela. Se vuelve difusa, niebla blanca. ¿Cómo mutar con ella?

    Transcender parecía translúcido, no hubo susurro alguno sobre el calvario. Y ahora no puedo abrigarme del frío afilado, no existe el refugio porque lo he hecho cenizas. No hay a dónde regresar, la planicie nos mira de regreso.

    Quemamos el refugio y enfrentamos a La Providencia, descubrimos la farsa y con eso quedamos a la deriva.

    Re-imaginar otros cursos, otras corrientes. El mismo cuerpo acuoso pero las gotas nunca son las mismas.

    Re-significar nuestros trayectos, la tierra que tocamos.

    «Recorrer la historia que nos habita, la sanación de heridas ancestrales como primer paso para la transformación y re-construcción del tejido social.»


    Escrito en Septiembre de 2020.

  • La Purga

    El hartazgo ingenuo y necio de lo (in)tangible, 
    el intento futil de estar al margen de los dispositivos de la peste,
    de la(s) máquina(s), del odio y del virus institucionalizado, generalizado, ese que procura la muerte del espíritu y el sufrimiento de todos los cuerpos sintientes desde tiempos inmemorables. 

    Estamos hartxs, creemos que deseamos quemarlo todo y al abrir realmente los ojos nos damos cuenta que estamos atadas, nosotrxs mismxs hemos atado los nudos. desconfiá del deseo

    ¿Estamos realmente posicionades «más allá del bien y el mal», o en camino hacia ese “sitio”, si es que existe?¿Lograremos quemar el panóptico allá afuera? ¿Qué pasará con el que nos ha infestado por dentro? ¿cómo quemar a los dispositivos del Yo? El virus somos nosotras, nos corroe las raíces, se ahogan.

    El suplicio nos sigue atravesando los cuerpos. ¿Qué queda después de ésto? ¿Realmente importa? ¿Qué nos detiene de correr a morir a la intemperie y regresar a la tierra, la tierra arrebatada, violada y machucada? Maldigo el deseo inconciente de seguir siendo machucadas. 

    El aislamiento, el anonimato y el silencio procurado como estrategias autorreflexivas, la primera línea de defensa contra la peste y sus secuaces. La trinchera sanadora pero cruel, donde la luz toca las entrañas y quema, el dolor dulce de entender(se). 
    Donde La Náusea se reivindica como rechazo al virus, rechazo al Yo, rechazo a la humanidad, donde La Náusea se vuelve bandera. 

    Éstos tiempos de autoreflexión son difusos, habitando los no-lugares. Por momentos me invade la ilusión/deseo de tener mucha claridad, y por momentos no veo nada más que el piso derrumbándose ante nuestros ojos, la disociación como soga al cuello, siento las piernas temblar y La Náusea de pronto se pone máscara de verdugo. Mis pies piden sentir otras texturas, trepar otros árboles, dialogar con otros pájaros, mi nariz anhela otros olores.

    El sonido de la lluvia y el dulce olor a tierra mojada trae consigo una nostalgia palpable. Llevamos otro encierro por dentro, lo he advertido.  Llevo meses sin llorar y a veces se me olvida lo que eso implica. 

    Me pregunto de qué sirve tanto análisis y debate teórico, tanta investigación vacía que se queda en el gabinete, parece una pérdida de tiempo, como todo(s) lo(s) demás. Mercado de identidades en éste mar virtual, cómo nos vendemos al mejor postor.  No me interesa ningún “movimiento”, me interesa hacer y deshacer. No me interesan los nombres, no me interesa ser alguien, me interesa hacer y deshacer. No me interesa que me conozcan, me interesa potenciar mi cuerpo. No me pregunten quién soy, no soy nadie. 

    Somos lxs nadies, lxs dueñxs de nada, y solo queremos que las manos toquen la tierra, que el sol acaricie la piel,  oler la tempestad en silencio contemplativo sin que nadie ni nada nos toque a la puerta. ¿Y a nosotrxs qué nos importan sus discursos, sus competencias, sus rigideces y ríos estancados y secos? No nos interesan sus discursos reterritorializantes de una moralidad que lleva siglos aniquilando la vida a su paso. No nos interesa un lenguaje que no pueda ser re-configurado, no nos interesan las formalidades, ni las identidades,  nosotrxs queremos jugar y bailar, sembrar, invocar, respirar y contar las estrellas hasta que nos alcance la Muerte. 

    ¿Existirá algún lugar que no esté roto? ¿Existirá algún no-lugar donde desde las grietas podremos florecer?  


    Escrito una noche fría de abril de dosmilveinte.

  • Carta a los Hechiceros (Aquí También Hay Estrellas)

    Carta a los Hechiceros (Aquí También Hay Estrellas)

    Queridos amigos y aliados,

    ¿Saben lo que son las artes oscuras para mí? Belleza venenosa flotando en suspenso sobre el abismo. El despertar de una identidad más profunda. Un campo relacional complejo hecho de terror y redención a la vez. Un rugido de poder elemental en su estado más crudo. La luz de la oscuridad misma.

    Permítanme empezar por el principio. Había una vez una oscuridad ctónica desde la cual emergió una señal impura y un glifo, un signo del devenir futuro. El origen de nuestro arte yace profundamente oculto en las cuevas del Paleolítico. Las personas entraban en zonas de oscuridad total para obtener visiones e intuiciones de una realidad alterna que luego proyectaban sobre las paredes y techos de las cuevas como si fueran imágenes en movimiento. La zona de invisibilidad al fondo de esos pasajes subterráneos servía como entrada al otro mundo y como un umbral de transformación.

    La luz negra que resplandece en el núcleo de la naturaleza no ha perdido nada de su poder y aún es capaz de ponernos en contacto con nuestras raíces y con la realidad del fuego devorador del tiempo. Sin embargo, pocos parecen sentir hoy el anhelo por un arte que apunta hacia los reinos ctónicos, que en sus profundidades insondables siempre se funden con dimensiones cósmicas. El arte contemporáneo ha perdido su conexión con el universo y mis más de treinta años de experiencia en el mundo del arte me han enseñado que la voluntad de restaurarla es vista como extrañamente fuera de lugar por quienes se dedican hoy al sector cultural. No esquivemos lo evidente: el arte hecho con propósitos distintos a ser exhibido y coleccionado difícilmente es bienvenido por un sistema que forma parte de la cultura capitalista de las masas. Las galerías no pueden vender luz negra, y los museos tienen poco uso para artistas que invocan fuerzas místicas y oscuras a sus cubos blancos y pulcros. Impulsadas por la ilusión del espacio neutro, las galerías y los museos han construido una visión del mundo entera alrededor de la luz y todo lo que esta representa.

    Nada es más necesario en tiempos de saturación lumínica e informativa que un arte que sea oculto en el sentido etimológico original de la palabra. Lo oculto nos señala hacia aquello que no puede ser fácilmente consumido ni digerido. Nosotros los hechiceros no estamos impulsados por la búsqueda de la visibilidad como fin último. Tampoco nos importa cuán alto figuramos en las listas de artistas populares ni cuán bien conectadas estamos a las redes globales. Lo que nos mueve es la experiencia intensa y física de la vida misma. Las artes oscuras son la expresión de una filosofía de la alteridad, una política de la herejía y una metafísica de la revuelta que apunta a transformar nuestro ser en el mundo.

    Queridos amigos y aliados, permítanme preguntarles: ¿Qué significan la luz y la oscuridad en una sociedad donde toda la información es accesible y conocida? ¿Cómo desarrollar formas secretas de intervención en un mundo que ha perdido el sigilo del secreto? Lo que está en juego es la construcción de una fuerza que actúe fuera de la vigilancia sistémica. Las artes oscuras implican tácticas de resistencia y revuelta, pero su mayor fortaleza reside en su capacidad de ocultarse. La visibilidad siempre está ligada al soberano, pero quienes llevan las riendas nunca tienen el control total. Nuestra tarea es encontrar métodos y caminos que no sean ni predecibles ni controlables. Descendamos a los rincones oscuros de la tierra que aún no han sido completamente tomados por el capitalismo. La revolución comienza aquí, en el mundo de las sombras. Las artes oscuras eluden la racionalidad y la razón, por eso quienes ostentan el poder no pueden apropiárselas fácilmente. Cuando logramos alinear nuestra conciencia despierta con nuestros sueños más profundos, se convierte en un impulso contagioso de transformación.

    Las artes oscuras operan en el borde donde lo existente termina y lo nuevo comienza. La evolución es misteriosa y sin límites fijos. Al exponernos voluntariamente a lo exterior, permitimos que emerjan nuevas posibilidades de participación y simbiosis. Ampliemos nuestros horizontes y enfoquémonos en lo que está emergiendo. Solo asimilando lo que nos extraña podemos evolucionar. Nuestra asociación con la otredad no es descabellada. Lo que solemos definir como exterior ya está presente adentro. Participamos en redes complejas donde nuestras partes humanas se intersectan con las corrientes de la tierra. Somos seres vivos hechos de materiales geológicos como calcio, hierro y fósforo. Nuestro esqueleto es mineral. Nuestro sistema inmune depende de gusanos parásitos para funcionar correctamente y hay más bacterias en nuestros cuerpos que componentes humanos. Solo la flora de nuestro sistema intestinal consiste en cien billones de microorganismos. ¿De quién es este cuerpo, entonces?

    La dominación humana sobre planeta se toma por sentada hoy, pero la tierra nunca ha sido nuestra ni lo será. Necesitamos liberarnos de la ilusión del control total y exponernos a las realidades planetarias en las que participamos. Las señales del cambio están por todas partes, pero no sabemos si estamos siendo testigos del colapso del mundo tal como lo conocemos o del comienzo de algo completamente nuevo. Los cambios fundamentales siempre vienen acompañados del miedo a lo desconocido. La metamorfosis que atravesamos es un proceso que fractura la identidad, pero nuestra civilización ilustrada no nos enseña cómo enfrentar crisis transformacionales extremas. En una cultura obsesionada con la luz y la claridad, hemos olvidado cómo relacionarnos con fuerzas demasiado oscuras para ser explicadas con rapidez.

    Las artes oscuras nos ofrecen maneras de encontrarnos con lo desconocido y procesarlo. Para usarlas con eficacia, deberíamos buscar tanto las fórmulas arcaicas como las más evolucionadas para relacionarnos con el Otro. La manera en la que percibimos el mundo ha cambiado drásticamente con el tiempo, pero existe una continuidad entre nuestros mitos más antiguos y nuestras teorías evolutivas más recientes. Lo que subyace tanto a nuestras hechicerías más abismales como a nuestras filosofías más recientes sobre el devenir es la interacción aterradora y en última instancia liberadora entre sujetos humanos y no humanos. La manera en que las teorías del posthumanismo describen las corrientes mutacionales contemporáneas recuerda con frecuencia a la fusión del hechicero con el -Otro- demoníaco. Ambos sistemas de pensamiento se esfuerzan por cambiar nuestra perspectiva y permitirnos participar en procesos complejos de retroalimentación. Nuestro futuro dependerá de cuán bien logremos mediar las relaciones de poder entre todo tipo de actores planetarios, incluidas nosotras mismas.

    Dondequiera que miremos hoy, vemos cinismo y desesperanza. Las personas que estudian el cerebro señalan que el peor aspecto de la depresión es que estrecha el campo de visión de tal manera que no vemos salida alguna a nuestra condición presente. Si logramos cambiar la manera en que miramos el mundo, quizás nos demos cuenta de que nuevas posibilidades están emergiendo de las cenizas del Imperio. La tarea que nos aguarda es encontrar nuestro equivalente de las prácticas que ayudaron a nuestros ancestros a enfrentar las amenazas masivas al final de la última Era de Hielo. Necesitamos reclamar el arte y la sabiduría que emergieron del vientre de la cueva, pero para sobrevivir la violencia de nuestros tiempos, debemos vivir nuestras visiones aquí mismo, en el presente. Las artes oscuras no son algo del pasado, encarnan técnicas atemporales para renovar el mundo a través de la experiencia visionaria. Lo que necesitamos es una nueva forma de percepción que nos permita ver el mundo a través de los ojos del Otro.

    Enfoquémonos en el impacto a largo plazo de nuestro trabajo. Desechemos la noción capitalista y efímera de «proyecto» que domina la cultura contemporánea y establezcamos objetivos para toda una vida. Algunos objetivos tardan décadas, incluso siglos en alcanzarse. Sumerjámonos en lo elemental para encontrarnos con las corrientes del abismo parpadeante. Su luz negra abre una puerta hacia la inmensidad de la que emergimos y a la que regresaremos. Nuestra tarea hechicera es convertirnos en algo más, algo más allá de lo humano, transformarnos en el flujo del cambio mismo. Nuestra estructura física y mental presente no condiciona nuestro futuro alien. En última instancia, la otredad radical de la Oscuridad Radiante nos enseña el arte demoníaco de vivir más allá del borde de una forma fija. Su paradoja sublime abole la distinción entre el ser y el no ser y nos conduce hacia el vacío del que toda existencia surge. Que lo que no ha nacido aún despierte en nosotras, invisible.

    1 de enero de 2017

    Gast Bouschet en Anarch



    Traducido del inglés al español por huelgahumana circa 2025-2026.

  • Manifiesto Anarcopagano

    Contra la subsunción real de lo existente y por la comunización de lo sagrado

    No tenemos escape ya a las garras violentas del capitalismo y la modernidad. El dispositivo que se presenta como abstracción y subjetividad, que opera con consecuencias profundamente materiales, reorganiza el mundo vivo bajo la promesa del progreso. Todo entra en ese circuito. Los cuerpos son fuerza de trabajo, los bosques se perciben como minas de oro o campos en los que se puede invertir, los ríos se convierten en flujos que deben ser desviados y explotados. Lo que Marx nombró como subsunción real del capital hoy se extiende más allá del trabajo y alcanza la vida entera. Nuestros afectos, deseos, vínculos y la manera de percibir el mundo quedan inscritos en lógicas de acumulación. La libertad se traduce en datos medibles. La experiencia se desplaza hacia sistemas predictivos que median, cada vez más, la relación con lo real.

    Aquí no estoy hablando de una posible crisis pasajera, es evidente que hay un desgaste más hondo y profundo, habitamos un mundo que ya no logra sostener la ficción que lo organiza. La expansión capitalista encuentra sus propios límites y, al no poder proyectarse hacia afuera, se despliega sobre lo que sea. El capital choca con las condiciones materiales que lo sostienen. Y esas condiciones también responden. Nuestros glaciares se derriten, la temperatura global aumentando, la desaparición de las especies, los límites terrestres siendo cruzados una y otra vez, todos estos acontecimientos no funcionan aquí como metáforas literarias sino como procesos tangibles en curso que alteran las bases mismas de la vida como la conocemos hasta ahora.

    Y como era de esperar, ante esos límites terrestres, la maquinaria del capital no se detiene sino que se intensifica. Incorpora nuevos territorios, no solo geográficos, sino también biológicos y cognitivos. Los genes se patentan, los saberes ancestrales se registran como propiedad intelectual, la memoria entra en circuitos de explotación. Incluso la capacidad de sentir es modulada, intervenida, registrada, patologizada y categorizada. No hay un exterior claro al capitalismo en este punto, lo que persiste fuera de las lógicas del capital es constantemente presionado hasta volverse funcional o desplazado fuera de lo visible.

    Los espacios donde la vida circulaba sin intervención directa del mercado del capital se reducen cada vez más, aunque no desaparecen por completo. Lo común se fragmenta, lo compartido comienza a medirse para ponerle una tarifa. Este proceso evidentemente no elimina lo vivo, pero sí altera de forma decisiva las condiciones en que la que lo vivo puede sostenerse y definitivamente cambia el lugar que toma lo vivo dentro de nuestra percepción. Allí donde había un intercambio simbiótico, aparecen el registro y la deuda. Allí donde ha habido continuidad, se ha instalado y procurado la división.

     

    La amputación ontológica de la modernidad

    La modernidad no puede entenderse como un “avance” intelectual que abandona la idea de iluminación. La modernidad intensifica esa pulsión de elevación y la reconfigura. La trampa de una verdad única no desaparece, solo ha cambiado de soporte. De la trascendencia teológica se desplaza hacia la objetividad medible. De la promesa del reino de los cielos hacia el sueño americano. Persiste la idea del acceso privilegiado -o ganado- a un plano superior, ahora formulado como conocimiento verificable, como conciencia elevada, como “capacidad” de acumular capital y propiedades. Esa continuidad reorganiza la experiencia. Aumenta y justifica las jerarquías, distribuye valor de manera desigual y orienta nuestras aspiraciones. Lo que nos venden como supuestas formas de emancipación muchas veces representan nuevas formas de captura.

    En ese proceso, una separación ya existente se intensifica y se vuelve estructural. La distinción entre lo humano y el resto del mundo vivo no nace con la modernidad, pero sí se profundiza, se estabiliza y se institucionaliza de formas más rígidas. A ese acontecimiento me gusta llamarle amputación ontológica y sensible. Y no hablo solo de una diferencia conceptual, hablo de una reorganización de la experiencia sensible que altera la manera en que se percibe, se siente y se interpreta lo existente.

    Esa transformación ha implicado una redistribución de lo que cuenta como real. Lo sagrado se deja de ver como una dimensión extendida de la materia y queda confinado a marcos institucionales religiosos que en la modernidad se consideran anticuados y conservadores. La magia como fenómeno real fue desplazada hacia el terreno de lo irracional. Bajo esta misma lógica el misterio pierde su densidad política y se vuelve un relato nostálgico que aparece en la literatura. La racionalidad instrumental no solo organiza técnicas o sistemas de producción, interviene en la sensibilidad misma. Opera como un cercamiento perceptual que limita la capacidad de relación con aquello que no encaja en sus categorías.

    Esta amputación no ocurre -solo- de forma abstracta, tiene una historia concreta. Los procesos inquisitoriales que persiguieron cuerpos y prácticas individuales, intervinieron también sobre formas de conocimiento. Prácticas que procuraban relaciones con plantas, con fuerzas atmosféricas, con entidades no humanas y con los muertos. Lo que estaba en juego no era únicamente el control religioso y político, sino la posibilidad de otros modos de entender y habitar el mundo.

    El despojo colonial siguió esa misma lógica en otra escala. No se trató únicamente de una extracción de recursos. También implicó la apropiación y desarticulación de sistemas de conocimiento que no separaban lo humano de otras formas de vida. Esos saberes no han desaparecido, pero están siendo desplazados, subordinados, y capturados para mal-traducirlos a marcos que los vuelven funcionales a la lógica del capital.

    Silvia Federici tenía razón sobre la caza de brujas: la persecución de mujeres que ocupaban roles de cuidado, sanación o transmisión de saberes hechiceros no fue un fenómeno aislado ni meramente moral. Formó parte de una reorganización social más amplia. Al intervenir sobre esos cuerpos, se intervenía también sobre prácticas que no podían integrarse fácilmente en la lógica emergente del capital. Lo que se desarticulaba no era solo un conjunto de creencias y prácticas, sino una forma de vida que sostenía otras relaciones con el conocimiento, con los cuerpos y con lo vivo.

     

    Lo salvaje como persistencia material

    Frente a esta necrodisciplina, insisto en la necesidad de re-pensar lo “salvaje” (es decir, lo pagano y místico) desde otro(s) lugar(es). Pensarlo como una potencia que permanece activa en la materia misma de lo vivo, incluso bajo estas condiciones de captura. Se manifiesta en pequeñas interrupciones de la normalidad perceptiva. Un temblor en el cuerpo al atravesar ciertos espacios que no precisamente podés explicar desde la racionalidad, esa la intuición visceral de cuando algo no se siente bien.

    Lo salvaje nombra esa dimensión que no termina de integrarse a los sistemas de equivalencia. Puede pensarse en relación con lo que Deleuze y Guattari describieron como líneas de fuga, no solo en sentido abstracto, también como movimientos concretos que desbordan los códigos que intentan fijarlos. No hay purezas en las fugas, solo hay fricción, insistencia y una necesidad de desvío. Lo vivo nunca se ha mantenido intacto.

    Esa persistencia no responde a una voluntad consciente en términos humanos, pero tampoco podemos afirmar que no es una voluntad, a mí me gusta nombrarla como una resistencia material y mística a la totalización del capital. Allí donde todo tiende a volverse dato o cifra, algo se escapa. Recuperar esa dimensión simbólica y ontológica implica una modificación en la forma de atención. No hablo aquí sobre “escapar” hacia otro mundo, sino de reaprender a registrar los mundos que ya coexisten aquí y que están ocurriendo aquí y ahora. Podemos intentar impedir que ciertas relaciones pasen de inmediato por la lógica de la utilidad y dejarlas solo ser. Reconocer que hay otras formas de conocimiento que no son las hegemónicas, y que con hegemónicas no solo me refiero al pensamiento occidental.

    Lo que nos queda no aparece como algo que mantiene una forma fija y rígida. Se mantiene en fragmentos, en prácticas que sobreviven porque siempre han existido en los márgenes. Saberes transmitidos de manera oral, prácticas que no se pueden entender fácilmente, relaciones que continúan sosteniéndose sin necesidad de alguna legitimación racional. Lo sagrado y lo místico no están esperando un momento para volver, siempre han estado, aunque no siempre sean reconocidos.

     

    Lo sagrado como densidad afectiva de la materia

    Desde una sensibilidad y perspectiva pagana, lo sagrado es algo que nunca ha estado separado de la materia, no es un plano superior y trascendente al que hay que ascender. Se percibe más bien cuando la materia deja de entenderse como fondo pasivo y empieza a verse como un ser con agencia y un interlocutor que escucha y responde. No es que de pronto las cosas “tengan” algo más, es que dejan de sostener esa ficción de inertes en la que aprendimos a colocarlas.

    Hay momentos en que eso se vuelve evidente. El mundo no encaja realmente en las categorías que usamos para ordenarlo.

    Kadmus en su hermoso texto Pagan Political Theology nombra ese desajuste como una insistencia en reducir lo múltiple a una sola forma válida, una sola lectura, una sola medida capaz de organizar lo que existe bajo un mismo régimen de inteligibilidad. Esa operación atraviesa distintas capas y no se restringe a lo religioso: se filtra en la ciencia cuando se cierra sobre sí misma como única forma legítima de conocer. Lo que queda fuera de esa reducción no desaparece; persiste en formas que se repliegan, que permanecen en una ambigüedad difícil de estabilizar, a veces como sospecha, otras como algo que simplemente no logra ser nombrado sin perder parte de su consistencia.

    Lo sagrado no se deja absorber por la lógica instrumental del capital porque no se organiza desde un principio único ni se fija en una lectura cerrada. Su aparición ocurre en la relación, en lo que circula entre cuerpos, en lo que se transforma sin detenerse en una forma definitiva. Kadmus se detiene en el oráculo, el proverbio, la poesía, como modos de decir que no buscan clausurar el sentido sino intensificarlo, sostener múltiples direcciones simultáneamente sin reducirlas. Esa multiplicidad no responde a una falta de precisión, sino a una correspondencia con una realidad que no se deja contener en una sola línea interpretativa, donde el sentido no se estabiliza sino que se desplaza y se reconfigura con cada encuentro.

    Desde ahí, lo sagrado y lo místico se dejan sentir como variaciones en la relación, como desplazamientos en la percepción que no apuntan a resolverse porque no operan bajo una lógica de cierre. Esa misma dinámica reconfigura la idea de vida: la actividad no depende de interioridad ni de la necesidad de reconocer rasgos humanos para darle validez. Hay respuesta, hay intervención, hay transformación situada en cada proceso donde algo incide sobre su entorno y altera sus condiciones. Un río que se desborda modifica territorios, un bosque que resiste interrumpe proyecciones extractivas, un animal que rehúsa la domesticación reorganiza el campo en el que se inscribe. La acción no se concentra en un sujeto central, sino que se distribuye en el entramado de relaciones que la hacen posible.

    Esa densidad vuelve al mundo más difícil de abstraer y de administrar. En ese sentido, lo sagrado puede entenderse como la agencia de aquello que fue reducido a objeto y como la intensidad afectiva que atraviesa cada ensamblaje. No remite a una esencia separada, sino a la imposibilidad de trazar divisiones completas entre naturaleza y cultura, sujeto y objeto, hecho y valor, una imposibilidad que no requiere resolución porque constituye el terreno mismo en el que se despliegan las prácticas. En esa condición, lo político no se limita a lo humano, sino que se extiende a la persistencia de lo vivo en sus múltiples formas, a la manera en que cada proceso material sostiene su continuidad frente a los dispositivos que intentan capturarlo.

     

    Lo anárquico como arquitectura del Cosmos

    Lo anárquico se puede leer no -solo- como ideología humana proyectada sobre el mundo, sino como fuerza vital que precede y excede cualquier organización estatal-institucional. Lo anárquico no es caos y tampoco es solo una postura política más, sino se puede leer como el orden vivo y fractalizado de los ecosistemas, donde ninguna raíz gobierna sobre otra y ninguna entidad reclama un centro absoluto. Las distintas formas aparecen, se sostienen un tiempo, luego se abren, se mezclan con otras, se desdibujan. Nada termina de cerrarse.

    La anarquía es un nombre más para nombrar una intuición material compartida por bosques, redes miceliares, manadas y tormentas, más antigua que nuestra misma especie. Es la arquitectura donde la vida se sostiene por reciprocidad, por simbiogénesis y mutualismo, nunca por obediencia jerárquica o selección natural. Kropotkin lo intuyó en su Apoyo mutuo: la cooperación, y no la competencia, es el principio organizador de lo vivo. Esa cooperación no ocurre entre unidades completamente delimitadas, sino en un campo donde los límites se vuelven porosos, donde lo que se entiende como individuo aparece atravesado por múltiples relaciones que lo componen y lo transforman continuamente. La vida se sostiene en ese entrelazamiento, en ese tránsito constante donde lo propio nunca permanece completamente separado de lo que lo rodea.

    Más aún, la anarquía es un rechazo ontológico a toda idea de trascendencia que pretenda gobernar desde fuera. Es afirmación de la inmanencia radical, de la autonomía de cada capa de la vida, de cada territorio. Es la mística de lo múltiple contra el Uno del Estado, del mercado, del dios monoteísta que legitima reyes y patrones. Ningún cuerpo permanece completamente contenido en sí mismo, ninguna forma se mantiene intacta, ninguna identidad se sostiene sin transformación continua. Hay una apertura constante donde lo vivo se deja afectar, se deja atravesar, se reconfigura en tanto entra en contacto con otras fuerzas. Lo anárquico también nombra esa condición: la materia no se somete a una forma final, si no que insiste en variar, en desplazarse y en sostenerse en esos movimientos que nunca se clausuran del todo.

    Paganismo como memoria insurgente

    El paganismo contemporáneo que queremos proponer aquí no es un revival espiritista New Age ni una moda estética. Es un atavismo profundo, una memoria antigua que se filtra a través de la piel, que despierta desde capas enterradas de la experiencia humana y más que humana. Es una resonancia que se activa cuando el cuerpo recuerda que alguna vez supo escuchar ríos, interpretar el vuelo de las aves, leer presencias en la noche, conversar con plantas sin necesidad de palabras.

    Paganismo y anarquismo, cuando se cartografían en un nivel ontológico, muestran raíces comunes. Son ramas de un mismo rizoma sensible, intuitivo y terrestre que ha acompañado nuestra existencia desde antes del lenguaje articulado y muchísimo antes del Estado. Son formas de vida que entienden la relación como principio organizador, que no necesitan mediación clerical ni aparato institucional para reconocer lo sagrado, que saben que el mundo está poblado de inteligencias plurales y no de objetos inertes sin agencia.

    El paganismo reaparece como una forma de desobediencia ontológica: desafía el monopolio moderno de la razón, desarma la separación colonial entre naturaleza y cultura, recuerda que el mundo nunca fue uno solo, sino un coro de diversas fuerzas relacionándose. Es una insurgencia que no busca centros ni dogmas, sino la activación de vínculos, la apertura de canales que fueron clausurados por los golpes de la modernidad. Es una memoria que vuelve para reactivar modos de percepción que pueden sostener un futuro distinto.

     

    Anarcomisticismo: la revolución sensorial

    La convergencia de estas potencias: la intuición pagana y la arquitectura anárquica del mundo produce un anarcomisticismo. Un cruce donde la anarquía, entendida como el rechazo radical a toda autoridad externa y jerarquía, se encuentra con la mística, entendida como la apertura sensorial hacia las múltiples agencias del mundo. No son caminos separados, son una sola corriente que atraviesa el cuerpo, la tierra y las relaciones que nos conforman.

    Lo sagrado y místico nunca han pertenecido a ninguna institución. El Misterio no está confinado en templos ni administrado por representantes. Vive en el temblor que antecede a la palabra, en la densidad de una presencia que se siente antes de comprenderse. Lo político deja de ser únicamente gestión o representación para convertirse en vibración, en gesto de cuidado, en la práctica cotidiana de no dejarse capturar por los aparatos que intentan domesticar la vida.

    El anarcomisticismo entiende que cada fuga, cada acto de cuidado, cada comunión con lo vivo es un acto político y espiritual al mismo tiempo. No busca la pureza ni el aislamiento ni la trascendencia, sino la expansión de la percepción, la intensificación de la sensibilidad como arma y como refugio. Es una revolución sensorial porque reconoce que transformar los modos de sentir es transformar los modos de habitar y por ende, los modos de resistir.

     

    Comunización multiespecie contra el colapso

    La crisis no viene, ya está aquí. Estamos en un duelo a muerte contra el Imperio. La crisis se hace presente en el aire que cuesta respirar, en los cuerpos de agua y selvas víctimas de ecocidios. La sexta extinción masiva no es una cifra abstracta, es el silencio donde antes había canto de pájaros. Es la guerra por el agua, el genocidio normalizado, la devastación convertida en un paisaje cotidiano.

    Y sin embargo, en medio del colapso -algo- insiste. Algo se niega a morir.

    La comunización multiespecie no funciona solo como metáfora poética, y tampoco es idealismo new age que quiere vender remedios inmediatos. Es una práctica material y urgente: aprender a vivir de nuevo en reciprocidad con lo no humano. Es reconocer que nuestra supervivencia está entrelazada con la del bosque, el río, los insectos, la red micelial de los hongos. No por sentimentalismo, sino porque literalmente respiramos lo que los árboles exhalan, bebemos lo que la tierra filtra, existimos dentro de tramas de interdependencia que la modernidad nos ha enseñado a ignorar.

    Comunizar es devolver. Es desposeer al poseedor y restituir los comunes, pero ya no solo como espacios humanos, sino como territorios compartidos donde otras voluntades también deciden. Es preguntar al territorio antes de tomar, y ofrendar de vuelta. Es entender que el conocimiento sobre plantas medicinales no se puede patentar porque nunca fue “nuestro” en primer lugar, sino que ha sido el resultado de miles de años de conversaciones interespecie.

    Hay comunidades que ya lo hacen desde hace siglos. En territorios mesoamericanos, en la Amazonía, en las periferias urbanas donde se recuperan terrenos baldíos, hay gente plantando no solo para comer, sino para restituir, creando jardines que alimentan abejas, pájaros y al suelo. Quienes defienden territorios no como una propiedad a defender, defienden el territorio como quien defiende a su propia sangre. “El agua es nuestra madre”, dicen.

    Estas prácticas no contienen por sí solas la magnitud del colapso, pero abren una dirección distinta. Son grietas vivas donde otra forma de mundo empieza a respirar.

     

    Heterotopías paganas: gérmenes del mundo por venir

    Mientras el Imperio colapsa, en sus márgenes se fermentan otros mundos. Foucault las llamó heterotopías: espacios reales que contradicen el orden dominante, lugares que existen en esta geografía pero no obedecen su lógica. No son utopías abstractas. Están aquí. Se pueden tocar, visitar, habitar y sentir.

    Imposible no pensar en las mujeres que recolectamos plantas en los terrenos baldíos detrás de las fábricas y preparamos tinturas, pomadas y jarabes que regalamos o intercambiamos. Cada remedio hecho con nuestras manos y con las potencias herbales es un desvío del metabolismo capitalista, un hilo de continuidad con saberes que sobrevivieron a la colonización. Pienso en los rituales que se encienden en los cementerios urbanos, donde hechiceros y brujas hacen fuego, llaman a presencias que la religión oficial no puede nombrar y entierran sus peticiones ante los muertos.

    Pienso también en las tecnologías conviviales: herramientas que no esclavizan ni devastan. Un horno de barro construido colectivamente. Una radio comunitaria que transmite sin permisos oficiales. Software libre compartido sin restricciones. Cada una es una célula de otro metabolismo posible, algo que no se sostiene en la extracción sino en el cuidado, algo que se construye para permanecer, no para dominar.

    Y pienso en la defensa del territorio. Cuando una comunidad se planta frente a la minera, la hidroeléctrica, al proyecto inmobiliario, no solo pronuncia un “no al extractivismo”. Afirma otra forma de habitar. Y en ese campamento, en esa cocina común, en esa ceremonia bajo los árboles, se practica ya ese otro mundo: nadie manda solo, se decide con la voz de todas, se reparte el miedo, la frustración y la alegría. 

    Lo que a primera vista parece marginal o anecdótico es en realidad el tejido embrionario de otras formas de vida. Son heterotopías no solo espaciales, sino sensoriales y ontológicas. Lugares donde la pluralidad de mundos que la modernidad quiso homogeneizar vuelven a florecer. Donde el tiempo no es lineal ni corre con obediencia a la productividad, donde lo vivo es interlocutor, donde la economía cede ante la abundancia que emerge cuando la vida se reconoce mutua.

    A todas estas prácticas las llamo paganas porque desobedecen esa separación moderna entre lo sagrado y lo material. Recuperan una sensibilidad que es a la vez premoderna y postcapitalista, donde lo sagrado pertenece al común. Son laboratorios insurgentes. En ellos se ensaya la política que vendrá, se guardan las brasas del mundo por venir, se sostienen las semillas de lo que nunca ha necesitado un nombre.

    Estas heterotopías son frágiles, sí. Pueden ser reprimidas, cooptadas o romantizadas hasta desactivarlas y volverlas inofensivas. Pero también se multiplican, se dispersan. Se contagian por relatos, por encuentros, por esa vibración en el pecho cuando descubres que hay otros viviendo distinto y que funciona. Son gérmenes. Y los gérmenes, cuando encuentran condiciones, se vuelven epidemia.

     

    La insurrección que viene: apocalipsis y revelación

    La revolución que se aproxima no se parecerá a las que nos enseñaron en los textos de historia. No habrá un solo día señalado para tomar un palacio ni un amanecer donde todo cambie de golpe. Ese sueño ilustrado ya mostró sus límites. Lo que viene es otra cosa, más visceral, más dispersa, más lenta, más cercana al murmullo de la tierra que a las consignas de un comité central.

    Será un levantamiento capilar, íntimo y planetario, que nace tanto en el cuerpo como en la barricada, tanto en el mundo onírico como en la calle. Una red de revueltas sensoriales: recuperar la capacidad de oler el peligro, de escuchar lo que el viento trae, de sentir la presencia de lo invisible. Cómo despertar sentidos que fueron adormecidos para que obedeciéramos sin dudar.

    Sueño en un caos fértil, una apertura donde la vida se fractaliza en múltiples escalas y temporalidades. Una espiral que se despliega, repitiéndose sin repetirse exactamente. Lo que viene se expandirá por resonancia y por contagio.

    Esta insurrección será apocalíptica en el sentido más antiguo de la palabra. Apocalipsis viene del griego apokalypsis, que significa quitar el velo, revelar lo que siempre estuvo allí. Es la caída de un mundo que se muestra como ficción sostenida por la violencia, y la irrupción de algo que aún no tiene nombre pero ya palpita en el cuerpo. Veremos los vínculos que nunca murieron, los mundos que nunca dejaron de acompañarnos, aunque fueran invisibles para la mirada moderna.

    Hay raíces que siempre han resistido al asfalto en muchos territorios. En comunidades que resisten en Chiapas, en tierras mesoamericanas donde las y los defensores del territorio guardan el pulso de la vida, en huertos urbanos que florecen en medio del concreto, en fogones colectivos donde se aprende a decidir sin jefes. Son señales. Pruebas vivas de que es posible habitar otra forma de mundo.

    Y cuando una sola prueba existe, aunque sea pequeña o frágil, aunque dure un instante, algo cambia para siempre en quienes la presencian.

    La insurrección que viene no pide permiso. Ya comenzó.

    La pregunta es si tenemos los sentidos lo suficientemente abiertos para percibirla y el coraje para entrar en su corriente.

     

    Invocación final

    Y en esa grieta, en ese temblor, se abre este manifiesto. Como un altar encendido entre ruinas. Como un pacto no solo entre humanos, sino con las presencias, daimones e inteligencias que habitan el Mundo, con los muertos que nos preceden y los seres por venir. 

    
    
    
    




    Referencias:


    Barad, K. (2007). Meeting the universe halfway: Quantum physics and the entanglement of matter and meaning. Duke University Press.

    Comité Invisible. (2009). La insurrección que viene. Melusina. (Obra original publicada en 2007)

    Deleuze, G., & Guattari, F. (2002). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (J. Vázquez Pérez, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1980)

    Endnotes. (2010). Comunización y teoría de la forma-valor (F. Corriente, Trad.). Endnotes, 2. https://www.endnotes.org.uk/issues/issue-2/endnotes-communisation-and-value-form-theory

    Federici, S. (2010). Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (V. Hendel y L. S. Touza, Trads.). Traficantes de Sueños. (Obra original publicada en 2004)

    Foucault, M. (1984). Des espaces autres. Architecture, Mouvement, Continuité, 5, 46–49. [Conferencia dictada en 1967]

    Giraldo, O. F., & Toro, I. (2020). Afectividad ambiental: Sensibilidad, empatía, estéticas del habitar. El Colegio de la Frontera Sur / Universidad Veracruzana.

    Grey, P. (2013). Apocalyptic witchcraft. Scarlet Imprint.

    Illich, I. (1978). La convivencialidad (M. Marín, Trad.). Ocotepec. (Obra original publicada en 1973)

    Kadmus. (2018). True to the earth: Pagan political theology. Gods & Radicals Press.

    Kropotkin, P. (2016). El apoyo mutuo: Un factor de la evolución. Pepitas de Calabaza. (Obra original publicada en 1902)

    Marx, K. (2009). El capital, Libro I, Capítulo VI (inédito): Resultados del proceso inmediato de producción (P. Scaron, Trad.). Siglo XXI. (Manuscrito original de 1863–1866)

    Temps critiques. (2025, 11 de enero). El capital: una breve actualización (M. de Tena, Trad.). [Texto modificado el 1 de marzo de 2025]

    Tiqqun. (s. f.). ¿Cómo hacer? (Fundación Straubinger, Trad.). Ediciones Crimental. (Obra original publicada en Tiqqun, 2, 2001)