Hacia una ecología poética de las relaciones

Yax Mutu'l, selva petenera. Rollo análogo B&W. Circa 2024

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«Cada quien sabía exactamente el momento y el sitio de la pera y la granada,

puesto que espacio y tiempo formaban una unidad que transcurría de acuerdo al orden de las cosas.

Ninguna de ambas frutas era contradictoria, por ejemplo, con el viento del norte,

si se atendía la hora, el lugar y el trayecto. 

De ahí que pudiera afirmarse que todos los vientos conducen a la felicidad

y que la sabiduría reside en nunca contrariar el mecanismo del mundo.»

MARIO PAYERAS







A los humanos nos encanta la idea de los inicios, esa energía marcial del inicio de algo nuevo, de la primavera, el Alfa y el Omega, y quisiera decir que no sé si tendría sentido decir que -esto- tuvo algún inicio. Cada vez que pienso sobre -el orígen de las cosas- lo que encuentro no es un punto único de origen, sino un hilaje de (re)apariciones intermitentes. Hay ciertas intuiciones que me han circulado desde hace muchos años, se alejan en su órbita elíptica y espiralada y cuando vuelven a mí lo hacen con otra densidad. Cada nueva vuelta a la espiral me muestra una dimensión y escala distintas que no había sabido ver antes. Pienso en la naturaleza de las placas tectónicas, en sus presiones prolongadas y sus desplazamientos apenas perceptibles, en cómo lentamente frotan sus bordes y van liberando energía acumulada en siglos de silencio tectónico. Algún cambio así he experimentado en mis sentipensares y en la manera en la que elijo relacionarme con el mundo. Las transformaciones profundas tienen una temporalidad saturnina, lenta y densa como un vacío oscuro que permea todo, que no tiene ni inicio ni fin. Estas reflexiones han ido reapareciendo cada cierto tiempo y al volver instalan una nostalgia de texturas ambivalentes, placentera e incómoda al mismo tiempo, y me recuerdan que las cosas siempre son más grandes de lo que había sabido ver.

En estos movimientos se ha vuelto inevitable reflexionar sobre la «aparición» de fuerzas que mi cuerpo y mi espíritu reconocen como antiguas, fuerzas que definitivamente me exceden. Desde su llegada a mi campo de percepción, me ha surgido una pulsión que insiste en dejar de percibir el tiempo como línea recta. El tiempo mismo me lo ha ido mostrando, porque el tiempo escucha y responde, se abre y se ramifica cuando le prestas atención. Es como si el pasado y el futuro tuvieran raíces entrelazadas justo debajo de lo que alcanzo a ver y a sentir, y lo que llamo «ahora» es apenas la superficie donde esas raíces respiran.

Algo en la forma en que percibo ha ido mudando de piel. Ciertas presencias que antes pasaban desapercibidas comenzaron a insistir en hacerse perceptibles con una terquedad que se ha vuelto difícil de ignorar. Mi sensibilidad se ha vuelto incómodamente más porosa, más dispuesta a ser atravesada. Esta porosidad trae consigo una nece(si)dad de trazar y seguir los rastros de lo que está cambiando en lo que sentipienso, y en la manera que elijo habitar-percibir este mundo.

Este texto es un intento de esa cartografía, un mapa dibujado con la mano izquierda, en la oscuridad, con apenas la luz parpadeante de una vela-ofrenda, sabiendo que no hay propósito más que este mismo proceso de especulación.

El tiempo se me abre como una encrucijada donde todo converge y se devora. Kronos, ese titán antiguo, denso, frío y lento, Saturno el devorador de sus propios hijos, se me presenta como un agente consciente que no solo contiene el pasado, el presente y el futuro sino que digiere todas las líneas temporales, y las fermenta para transformarlas en otra cosa. En esa textura densa y oscura la historia pierde su representación lineal y se empieza a curvear sobre sí misma, a plegarse hacia adentro como un estómago cósmico que trabaja en la oscuridad.

Lo que llamamos actualidad es apenas lo que Kronos todavía no ha terminado de digerir.

Los cuerpos siempre han sabido orientarse por lo que no se ve.

Los viajes de las tortugas marinas desbordan toda idea de ruta fija. Durante años cruzan océanos abiertos y aun así siempre regresan a la playa donde nacieron. Algo en sus cuerpos escucha fuerzas invisibles: el pulso magnético de la Tierra que atraviesa mares y continentes como una respiración larga y tendida. Orientarse es resonar con ese respiro pulsante, afinarse con una cartografía que la materia misma lleva inscrita en sus tejidos. Antes de reconocerse como pensamiento, ese conocimiento ya habitaba en el cuerpo. Su curso se espiraliza hacia adentro y fuera de sí. En sus ondulaciones arcaicas se abren grietas por donde se asoman otras formas de mundo, y el espacio mismo se vuelve una topografía movediza donde el sentido de las cosas deriva como continente.

Este proceso que estoy atravesando se despliega en múltiples registros simultáneos: ecosistemas enteros se transforman con una velocidad que altera los equilibrios ya conocidos. Glaciares, selvas, océanos manifiestan variaciones que repercuten en todas las escalas de la vida, desde la célula más íntima hasta el viento custodiado por Egyn, el rey cardinal del Norte. Al mismo tiempo, los relatos mediante los cuales he sido enseñada a interpretar la realidad comienzan a mostrar sus fracturas. Las separaciones conceptuales entre mente y materia, entre naturaleza y cultura, entre sujeto y entorno revelan su carácter histórico y situado, su condición de artefactos frágiles. Los dispositivos intelectuales que durante siglos organizaron el pensamiento se quedan vacíos frente a la complejidad de los sistemas vivos que nunca esperaron a ser comprendidos para continuar con su enverdecedora danza. Lo que se reconfigura toca el suelo mismo desde donde se construye mi percepción, altera la fisiología del sentir como si mi cuerpo fuera también un sismógrafo.

El cosmos que durante siglos fue interpretado como un conjunto de objetos discretos, fríos y separados se me comienza a aparecer como una red dinámica de procesos en interacción continua. La realidad se me revela como una trama en permanente metamorfosis, un tejido que se rehace a sí mismo en cada momento. En esa textura, no hay borde que no tiemble, ni límite que no sea poroso. Y cuando el límite es permeable, toda percibida frontera se vuelve un fenómeno de encuentro.

El proyecto civilizatorio que acompañó la expansión colonial se organizó alrededor de una concepción de la materia concebida como pasiva y disponible, como una arcilla cruda esperando la mano del amo. Sobre esa base ontológica se trazaron fronteras, se clasificaron territorios, se jerarquizaron saberes y se construyeron tecnologías destinadas a extraer, medir y administrar la vida. Ese marco conceptual todavía atraviesa nuestras instituciones y lenguajes, y su persistencia se vuelve visible en las texturas asfaltadas del dominio racional instrumental que insiste en ver la Tierra como recurso y los cuerpos como monedas de cambio. El aliento fúnebre del capital infiltra hábitos perceptivos, normaliza el cálculo como si fuera visión, moldea los cuerpos y sus sentires.

Pero en distintos campos del conocimiento y de la experiencia cotidiana se perciben tensiones que recorren esa arquitectura intelectual, grietas por donde se filtra la luz de lo que siempre ha estado vivo, grietas donde el lenguaje pierde su tono de decreto y recupera su condición de órgano.

La racionalidad instrumental encuentra dificultades para interpretar fenómenos donde múltiples procesos interactúan simultáneamente, donde la causa y el efecto se enrollan en espirales que desafían toda flecha recta del tiempo. Sistemas climáticos, redes ecológicas, dinámicas evolutivas y circuitos bioquímicos revelan configuraciones donde ninguna entidad puede comprenderse de forma aislada, donde cada ser porta en sí mismo las huellas de innumerables alianzas. Cada organismo aparece inscrito en redes metabólicas que conectan bacterias, hongos, plantas, animales y atmósferas en flujos continuos de energía y materia, en una liturgia química que antecede a todos los dioses conocidos.

Conceptos y símbolos que parecían sólidos comienzan a derretirse como bloques de hielo en un río de primavera. Las unidades de medida muestran su carácter provisional, su condición de acuerdos temporales entre seres que también cambian. Incluso las categorías que definían lo vivo y lo inerte adquieren nuevas tonalidades cuando se examinan los intercambios que atraviesan la biosfera, ese diálogo ininterrumpido donde el mundo se compone sin cesar.

En medio de este movimiento aparece un terreno fértil de indeterminación. La descomposición de ciertas certezas abre espacios donde otras formas de comprender la existencia pueden comenzar a tomar forma, como esporas micélicas que esperan la humedad exacta para germinar. Aquello que parecía ruina revela su carácter de estrato generativo. Bajo los escombros conceptuales de una ontología mecanicista continúan vibrando procesos vitales que nunca dejaron de entrelazar materia, percepción y sensibilidad.

La intención aquí es desarmar el sortilegio.

Rasgar el velo tecnocrático que convirtió la vida en inventario y el mundo en recurso, devolverle a la materia su espesor de presencia consciente, su capacidad de afectar y de responder. Y en ese desarme la mirada se afina, el oído se afina, el cuerpo entero aprende a leer en otra frecuencia. La cartografía cambia porque cambia el instrumento, cambia el tipo de atención, cambia la frecuencia con la que sentimos al mundo.

Mares agitados que modifican sus corrientes, glaciares que se fragmentan en avalanchas de hielo, bosques atravesados por incendios provocados por nosotros y migraciones de especies que reorganizan ecosistemas enteros. Estos fenómenos pueden representarse mediante gráficos distantes, pero también pueden sentirse como presiones atmosféricas que atraviesan el cuerpo colectivo de la Tierra, dolores que piden ser sentidos antes de ser explicados. Piden ser leídos como la Pitia leía los vapores que subían de las grietas de Delfos, con el cuerpo, con los tejidos, con la escucha atávica que reconoce su propia voz en el gemido de la Tierra, en el susurro del viento cargado de polen, ceniza y memoria vegetal, reconociéndonos parte del relato palpitante de un cosmos vivo.

Cuerpo, territorio y lenguaje participan de una misma textura. Cada emoción y cada forma de conocimiento se inscriben en circuitos de afectación que conectan escalas microscópicas y planetarias. La existencia aparece como enjambre de presencias en coemergencia, una sinfonía de partículas que respiran juntas, una conversación que precede a la voluntad humana.

Conocer es tocar con las manos.

Pensar es respirar con los pulmones del bosque, sentir la fotosíntesis como acto de pensamiento expandido. Existir es tejerse y destejerse en la gran urdimbre de lo vivo: un campo electromagnético de afectos, señales y resonancias. Como filamentos miceliales que comunican en el subsuelo, cada ser participa de una conversación que se extiende más allá del lenguaje humano.

Danzar en el corazón vibrante del enigma, allí donde el lenguaje se hace raíz, donde cada sílaba late como semilla en el vientre oscuro de lo posible.

Esa danza tiene consecuencias éticas. Propone una forma de poner nuestra atención en aquello que nos sostiene, hacia aquello que nos excede y aun así nos atraviesa. Una forma de estar poseída por lo vivo que no busca dominar, sino afinar la percepción para habitar las múltiples escalas del Mundo: desde los ritmos circadianos de una célula hasta las mareas lunares del deseo, desde los pliegues del sistema nervioso hasta las oscilaciones cuánticas de lo posible. En esa escala múltiple, la vida deja de verse como recurso y vuelve a ser relación. El cuidado se vuelve pacto y el pensamiento, una membrana permeable.

Un tejido dinámico donde límites porosos, intercambios permanentes, resonancias múltiples y memorias culturales configuran un mundo que se rehace constantemente. Este texto pretende operar como un órgano sensitivo. Un alineamiento sutil del k’u’x, de las fuerzas invisibles que mueven los cuatro vientos, las mareas y los campos eléctricos del alma-cosmos.

Una ciencia danzante. Una física de lo sensible. Una mística de lo encarnado.

Por eso importa cuidar la forma del decir. No se pretende proponer aquí una nueva ontología en forma de mapa terminado, sino una rendija por donde se cuelan otros Vientos. Una apertura hacia la inestabilidad creadora de un Mundo que no se deja fijar. Una invitación a habitar el misterio sin clasificarlo, a escuchar el crujido del temblor sin traducirlo de inmediato en dato, a sostener una percepción capaz de quedarse con lo vivo el tiempo suficiente para escuchar su respuesta.

Este ensayo se despliega como un hilaje de voces, como un canto coral bajo el agua, y en esa coralidad se deja ir la arrogancia que quiso separar el pensamiento del mundo, que quiso reservar la inteligencia para una sola especie, que quiso reducir el valor a lo puro y lo controlable. La visión que se abre aquí respira como una mística del Mundo: un cosmos de vínculos y potencias afectivas, donde los árboles se cuentan secretos en intercambios químicos y miceliales, donde los cuerpos guardan memorias antiguas en tejidos y cicatrices, donde lo monstruoso aparece como posibilidad, como forma liminal que recuerda la amplitud de lo real y su capacidad de exceder cualquier clasificación.

Esta es una invocación, un manifiesto de política encantada. Una práctica de comunión con lo que respira más allá de lo humano, una manera de mirar el mundo en clave de la presencia que puedes ver en tu espejo de obsidiana en una sesión de adivinación, un oráculo viviente. La atención se ejercita en la lengua del río y del viento, en la humedad del suelo, en la lentitud mineral y en la respiración vegetal. El conocimiento se vuelve roce, el sentido se vuelve una estrella fija, el cuidado se vuelve un ofrenda, y en ese camino el pensamiento abandona la pretensión de dominio para recuperar su condición de gesto situado, de una de las tantas respuestas que existen.

Nada de esto nace de la nada. Cada palabra aquí es algún tipo de herencia que canta: relatos que han migrado de generación en generación, sílabas que han sido agua y ahora son carne. El saber circula como río, se dispersa, se mezcla con otras aguas, se convierte en espuma o en piedra, y en esa circulación también cambia de nombre y de temperatura. Aquí se reencarna lo dicho y se siembra lo que está por venir, como si la lengua misma fuera terreno donde germinan memorias colectivas, donde lo pensado es compost para nuevas formas de percepción.

Estas páginas abren una invitación al descenso: internarse en una red subterránea que busca fragmentar las estructuras rígidas y elegir ser raíces vivas, sentipensantes, respirando bajo nuestros pasos. El movimiento que se ensaya aquí se parece al retorno de una percepción que nunca desapareció, solo fue entrenada para callar. Lo sagrado no desciende desde un arriba, germina en todos esos gestos minúsculos: en cómo tocamos, en qué decidimos escuchar, en cómo dejamos que el mundo nos lea también a nosotras de vuelta. En la escala del cuerpo, en la escala del territorio, en la escala del átomo, en la escala del tiempo, el vínculo toma forma como ciencia situada, como afecto con densidad, como responsabilidad sin moral ni dogma.

Iniciamos con el cuerpo. Iniciamos con una pregunta que arde suavemente, como fogata en la quietud nocturna:

¿Qué implicaría vivir sabiendo que el mundo que habitamos está vivo, atento a nuestras voces, reflexionando junto a nosotros y esperando, con paciencia infinita, nuestra respuesta?


Introducción a un libro-en-proceso que empecé a escribir a finales de 2024 y aún sigue sin concluir.

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