¿Cómo arrullar el duelo de lo etéreo? ¿Cómo nombrar ese duelo de algo que no termina? No termina, no comienza. Se transforma.
La transmutación, la alquimia de los afectos, de los cuerpos.
Las mudanzas son incómodas.
Somos el resultado de una historia que acomoda todo en cajas, pero éste arrollo dejó ir las cajas hace un tiempo.
Las corrientes fluyen, pero también arrastran y nos golpeamos contra las piedras. Las piedras erosionadas se acomodan pero no se mantienen, ellas saben cuándo moverse, el agua les anunció el secreto.
¿Me hallaré al aceptar la mutabilidad del agua?
Ella es cálida pero un puñal contra el metal más denso. Ella sana pero también congela. Se vuelve difusa, niebla blanca. ¿Cómo mutar con ella?
Transcender parecía translúcido, no hubo susurro alguno sobre el calvario. Y ahora no puedo abrigarme del frío afilado, no existe el refugio porque lo he hecho cenizas. No hay a dónde regresar, la planicie nos mira de regreso.
Quemamos el refugio y enfrentamos a La Providencia, descubrimos la farsa y con eso quedamos a la deriva.
Re-imaginar otros cursos, otras corrientes. El mismo cuerpo acuoso pero las gotas nunca son las mismas.
Re-significar nuestros trayectos, la tierra que tocamos.
«Recorrer la historia que nos habita, la sanación de heridas ancestrales como primer paso para la transformación y re-construcción del tejido social.»
Escrito en Septiembre de 2020.
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