Te escribo para contarte algo sobre las polillas y para decirte también que posiblemente tardaré en llegar.
Son las once y hay una polilla dando contra el foco de luz que tengo en el corredor. Ya lleva media hora dando vueltas. No pareciera estar confundida, eso es lo primero que te quiero decir. Vuela sosteniendo un ángulo fijo contra la Luna, y la Luna está tan lejos que ese ángulo aguanta la noche entera y la lleva derecho adonde iba. Frente a un foco, el mismo cálculo la enrosca hacia adentro, en una espiral que se cierra sobre el vidrio caliente. No hay ningún fallo en ella.
Falló que quizás intentamos colgar una luna a dos metros del suelo.
Estuve leyendo sobre un hombre que puso huevos de yeso junto a unos nidos, huevos más grandes que los verdaderos y con más manchas. Los pájaros se sentaron sobre los falsos y dejaron los suyos enfriándose a un costado. Leí también que un pollito de gaviota picotea con más furia un palo con tres rayas rojas que el pico de su propia madre.
Existen llaves que abren la cerradura mejor de lo que la abre la llave que «es».
Y bueno, eso es lo que quería decirte. Que a veces, nadie pareciera estar mintiendo. Que hay sortilegios que funcionan a la perfección y una vez que se me metió esa idea a la cabeza ya no pude pararla, porque después están las tortugas recién salidas del huevo caminando hacia el brillo porque el mar siempre fue lo más claro del horizonte y ahora caminan hacia las playas y por desgracia se las llevan manos humanas, y las tortugas siguen sin haberse equivocado nunca en su rumbo, y está el hongo que entra en una hormiga y la hace subir veinticinco centímetros, la altura exacta donde la humedad le sirve a él y no precisamente a ella, y la hace morder la nervadura de una hoja por el envés y quedarse mordida ahí hasta morirse mientras le crece el tallo desde la cabeza, y la hormiga subió sola, no hubo un solo instante en que sintiera que la estaban obligando, y están las orquídeas con forma y olor de avispa hembra y las avispas machos agotándose encima de las flores y volviendo al otro día y al otro, sin haber tocado a una hembra nunca, sin que la flor haya hecho nada más que aprender a parecerse a algo que no es por un propósito en específico, y está también la rata que lleva adentro un parásito que necesita llegar al intestino de un gato, y a la que el parásito le apaga el miedo, y entonces la rata deja de huir del olor a orina de gato y empieza a buscarlo, y camina hacia el gato con algo que desde afuera se parece bastante al deseo, y está el corazón dulce y jugoso de una piña que al rato de comerla se siente como si varias agujas te hicieron cortes en la lengua y ninguna de estos seres está fallando, todos están haciendo exactamente aquello para lo que fueron afinadas, y por eso mismo van a donde van y hacen lo que hacen.
Ya son casi las doce. La polilla sigue ahí, espiraleando.
Me pregunto cuánto de lo que deseo es mío. Una pregunta que regresa desde hace ya mínimo unos 5 retornos solares.
Hay otra intuición que quiero compartirte: los afectos flotan y no flotan sueltos por el aire. Se pegan a ciertos cuerpos y no a otros, y pareciera que llevan siglos pegándose a los mismos de siempre siguiendo algún tipo de conjuro. Hay gente que entra a un cuarto y lo enfría sin haber hecho nada, los cuartos en realidad son sensibles y tienen memoria. Y está la que arruina la cena, la que nombra en voz alta la cosa que todos estaban rodeando con cuidado, y que a partir de esa noche es la problemática, aunque el problema ya estaba servido en la mesa antes de que ella abriera la boca.
Sentir no es al azar. Nos dijeron sin decirnos que el asco está en unos lugares y la ternura en otros, antes de que tuviéramos la capacidad de consentir o estar de acuerdo o siquiera preguntar porqué eso es así y quién lo decidió y para qué.
Y volviendo a lo mismo, porque no me puedo salir de ahí. Nuestros cuerpos fueron calibrados por el Tiempo para responder a las mareas lunares. Los cuerpos piden fuego y les damos luz LED azul. Piden cuarenta caras conocidas y les damos dos mil nombres vacíos. Piden dormir dos veces por noche, con una hora de vigilia en medio para hablar o para coger o para relatar alguna historia onírica, y les damos ocho horas seguidas y una alarma. El cuerpo a veces no termina de entender que nos mudamos e intenta adaptarse pero le cuesta.
La polilla del corredor en algún momento se va ir. A veces se cansa y baja o se distancia del foco, se queda quieta sobre la baranda, y con la primera luz de verdad se va levantar y se va ir. No creo que alguien le haya enseñado ese mecanismo. Simplemente el foco dejó de ser lo más brillante que hay.
No sé si eso es esperanza. Posiblemente no. Creo que es nada más que ninguna captura llega a ser completa porque el mundo sigue teniendo maña(na)s, y porque algo en una se gira a veces hacia donde nadie la estaba esperando.
Un escalofrío solemne frente a lo que nos enseñaron a despreciar. Un asco súbito frente a lo que se supone que hay que querer.
Sostener esas fugas: se hace a oscuras y a tientas.
Alguien apagó el foco del corredor y ahora no oigo nada más que los grillos de mi jardín cantar.
Te sigo escribiendo mañana.
-re-formulación/experimentación textual del cuarto capitulo de mi libro.
hay que jugar con las palabras
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